Yakarta es una ciudad al límite, desbordada; parece a punto de romper las costuras. Cuando se convirtió en la capital de Indonesia, tras la independencia en 1945, no alcanzaba el millón de habitantes. Hoy es la megalópolis más poblada del planeta, con casi 42 millones de residentes, según la ONU, que incluye en sus cálculos las zonas periféricas de la Gran Yakarta. En realidad, no parece una ciudad, sino una sucesión de metrópolis, pueblos, puebluchos, aldeas e infraviviendas dispuestas unas detrás de otras sin criterio, como si algún dios caprichoso las hubiera lanzado al azar sobre la costa noroeste de la isla de Java y con los años hubiera sedimentado una costra urbana gigantesca, marronácea, cubierta a menudo por una boina de polución.


Con 42 millones de habitantes, la capital de Indonesia es la más expuesta al aumento del nivel de los océanos, está contaminada y sus ciudadanos viven hacinados. Viaje a la gran metrópolis asiática del siglo XXI
Yakarta es una ciudad al límite, desbordada; parece a punto de romper las costuras. Cuando se convirtió en la capital de Indonesia, tras la independencia en 1945, no alcanzaba el millón de habitantes. Hoy es la megalópolis más poblada del planeta, con casi 42 millones de residentes, según la ONU, que incluye en sus cálculos las zonas periféricas de la Gran Yakarta. En realidad, no parece una ciudad, sino una sucesión de metrópolis, pueblos, puebluchos, aldeas e infraviviendas dispuestas unas detrás de otras sin criterio, como si algún dios caprichoso las hubiera lanzado al azar sobre la costa noroeste de la isla de Java y con los años hubiera sedimentado una costra urbana gigantesca, marronácea, cubierta a menudo por una boina de polución.
Esos 42 millones de personas se despiertan aquí cada mañana, van a sus empleos, al colegio, a la universidad, a buscarse la vida con cualquier trabajillo callejero, y regresan cada tarde a sus hogares mientras se escucha el coro de los almuédanos llamando al rezo en un espectáculo caótico y ordenado a un tiempo, similar al de los hormigueros laboriosos. Es como si media Alemania viviera aglomerada en una sola urbe.
















La ciudad creció de forma explosiva con la migración venida de las zonas rurales para buscarse la vida. Contiene rincones futuristas, con rascacielos y lujosos centros comerciales levantados gracias a las grandes fortunas amasadas con la explotación de níquel, cobre, petróleo y aceite de palma; al lado, nada más cruzar la calle, se arraciman asentamientos chabolistas a orillas de riachuelos putrefactos donde las ratas corretean a sus anchas junto a los recién nacidos, y los mayores fuman sin demasiado que hacer. “No hay empleo”, dicen.
La desigualdad es cotidiana y duele a la vista, pero hasta el ciudadano más humilde, el que rebusca en las montañas de basura por unas pocas rupias, sonríe con dignidad mientras hunde sus manos en la mugre. El buen humor, en general, parece un antídoto frente al hacinamiento, el tráfico que atasca las calles y, sobre todo, frente al gran hundimiento.

Décadas de urbanización acelerada y la extracción de aguas subterráneas mediante pozos sin control para abastecer a una población sin acceso a canalizaciones formales han contribuido a que Yakarta sea la ciudad que más rápido se hunde del mundo. La superficie terrestre cede hasta 25 centímetros anuales en algunos puntos. Cerca del 40% de la urbe se encuentra ya por debajo del nivel del mar. Las zonas costeras del norte se ven amenazadas por inundaciones recurrentes, y el incremento del nivel del mar por el calentamiento global ha agravado el problema. Es quizá el mayor reto de Yakarta, que trata de defenderse desde hace años mediante un sistema de muros y diques costeros a los que van añadiendo nuevas capas de hormigón, el dragado constante cuando las olas invaden la tierra y el recrecimiento continuo de las carreteras en zonas inundables.
Hay lugares donde la carrera contra las mareas se ha vuelto una lucha diaria.
“Al principio, las inundaciones eran pequeñas, luego fueron aumentando gradualmente”, cuenta Siti Paramita, una mujer de 35 años que vive con su marido y sus hijos en Muara Angke, en el norte de Yakarta, en un humilde asentamiento pesquero en primera línea costera que lidia con las arremetidas del océano. “A veces el agua llega hasta las pantorrillas, y, el año pasado, a veces hasta el estómago”.
Hasta 2024, vivía en una choza a la altura del suelo que se inundaba constantemente. Pero se benefició de un programa impulsado por el actual presidente, Prabowo Subianto, cuando era ministro de Defensa en el Ejecutivo de su predecesor, el popular Joko Widodo. Levantaron palafitos para alojar a las familias en alto y recrecieron las carreteras de la zona. “Aquellos cuyas casas se inundaban, gracias a Dios, hoy sus casas son más altas”, dice sentada a la sombra en los bajos de su vivienda de pilotes, un espacio donde guarda la lavadora, hileras de ropa tendida, y su marido pone a cubierto los dos triciclos motorizados con los que transporta kilos y kilos de mejillón verde al mercado.








Albert Garcia
Todos aquí viven del mejillón verde. El asentamiento entero huele a mejillón verde. El suelo cruje al pisarlo porque las calles están alfombradas con conchas de mejillón verde. El pueblo parece una isla hecha de conchas de mejillón verde. Lo pescan ahí fuera, lo cuecen junto a la orilla en barriles cortados a la mitad, vuelcan su contenido en el suelo, y las mujeres se sientan junto a las pilas de moluscos a desconcharlos. Siti Paramita puede abrir hasta tres barriles al día, unos 30 o 40 kilos, calcula a ojo, lo que le genera unas ganancias de 105.000 rupias (poco más de 5 euros).
Dedy Heriyanto, su marido, de 37 años, añade que el mejillón es también el secreto local para combatir las crecidas del agua. Los residentes vierten capas y más capas de conchas para elevar el terreno y evitar que quede sumergido y así poder seguir utilizando los caminos. “Si simplemente esperáramos a que el agua siguiera subiendo, al final todo se hundiría”, dice. Pero sabe que es una batalla desigual. “Nos enfrentamos a la naturaleza; nunca ganaremos. Lo único que logran iniciativas como esta es evitar que la inundación se vuelva más profunda”.
Las mareas que los anegan no dependen del mes ni de ningún factor específico. Suceden con frecuencia. Estos días, que no son demasiado agresivos, cada noche llegan olas elevadas y, donde antes había caminos, un mar repleto de basura flotante les cubre hasta las rodillas. Es un líquido infecto, que pica en las piernas desnudas, y convierte el asentamiento en un lugar espectral. Aunque los vecinos caminan por el agua como si nada y la música sigue sonando en los transistores y los quioscos siguen abiertos y las motos avanzan con las ruedas cubiertas y los niños chapotean felices y gordas ratas oscuras de cola larga conviven tranquilamente con los humanos que charlan después de la cena. “No se preocupe, no muerden”, sonríe un vecino. “Solo buscan comida. Y por las inundaciones se suben a las zonas altas”. Las más elevadas son aquellas donde se han vertido más conchas de mejillón verde.

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El Gobierno es muy consciente del problema. Y se plantea una respuesta “integral”, asegura Agus Harimurti Yudhoyono, ministro coordinador de Infraestructuras y Desarrollo Regional, en respuesta a EL PAÍS, durante una comparecencia en julio en Yakarta. La capital, cuenta, es la ciudad de Indonesia más expuesta al incremento del nivel del mar y la subsidencia de la tierra. Habla de la necesidad de “mejorar el flujo” de los ríos, de que estos permanezcan “limpios” para que llegue el abastecimiento aguas abajo, hasta la ciudad, sus habitantes y sus industrias, y de garantizar que no haya un uso indebido del suelo que ponga en riesgo el caudal; reconoce el “peligro” que “se cierne constantemente sobre las comunidades costeras”. “Por ello, es necesario construir diques, defensas costeras y muros de contención, incluso mediante enfoques basados en la naturaleza, como la protección mediante manglares”.
“Es muy deprimente”, responde Nabilla Asmaahany, una estilista de 24 años, al hablar sobre estas cosas en una terraza en Block M, una zona de ocio “muy gentrificada”, viral entre los jóvenes de clase media acomodada. Charla con una amiga mientras disfrutan de un café latte y un latte matcha que valen juntos lo que ganan los desconchadores de mejillones en un día. Dice que la ciudad, repleta de gente que solo se interesa por el dinero, puede tener un punto “superficial”. Las clases altas viven a menudo ajenas a los problemas de los más humildes: “No les preocupa porque no les afecta”. Su amiga, Thahira Kairunnisa, estudiante de Ingeniería Oceánica, de 23 años, agrega: “La clase baja no tiene el privilegio de preocuparse por ello”.
Pero la gente no está callada. La generación Z es conocida por sus protestas contra el Gobierno, que el verano pasado dejaron al menos 10 muertos en el país y edificios oficiales calcinados en la capital. Al lado de Block M, frente a la sede de la Fiscalía, se ha organizado esta misma tarde una manifestación contra las presuntas corruptelas de Febrie Adriansyah, el recién dimitido vicefiscal general. La policía le sorprendió con 74 kilos de lingotes de oro y varios millones en moneda extranjera. “No confío en el Gobierno, ni en la Fiscalía, ni en los jueces”, proclama Muhamar Fakhri, líder estudiantil de 22 años. Habla también de la desigualdad rampante: “La siento desde que me levanto”.


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Indonesia, la mayor economía del sudeste asiático, donde viven 287 millones de personas, es también un país donde las diferencias están en carne viva. Aquí el 1% más rico posee lo mismo que los 55 millones más pobres, según un informe de Celios. Esta brecha se percibe en la capital, y es a la vez uno de los motores de la superpoblación, el imán que atrae a los foráneos.
La Gran Yakarta genera en torno al 25% del PIB del país, cuenta Ahmad Gamal, profesor de Planificación Urbana y Regional, y vicerrector de la Universidad de Indonesia: “Esto demuestra claramente que no faltan oportunidades; de hecho, ocurre todo lo contrario: la mayoría de las oportunidades se crean en Yakarta”.
Otra cosa es cómo sean esas oportunidades.
Desde hace décadas, oleadas de migrantes se han instalado en barriadas de infraviviendas llamadas kampungs, que significa literalmente “aldea”. Algunos estudios aseguran que el 60% de la población vive en estos asentamientos, aunque las estadísticas oficiales reducen al 7,7% las unidades vecinales que siguen siendo “marginales”.








Los kampung funcionan como una especie de pueblo en el interior de la metrópolis. Algunos, con el paso de las generaciones, han evolucionado hasta parecer una localidad decente. Otros siguen sumidos en la cochambre, no son más que tablones y tejados de chapa apiñados junto a canales hediondos, densos, de color azul grisáceo, donde los habitantes aceptan con naturalidad pasmosa su situación: “Me iría a otro sitio, pero necesito el dinero”, dice Yanti Eti, de 37 años. Charla a la puerta de su casa, donde viven 12 personas con vistas al riachuelo contaminado. Nació aquí, igual que su madre.
La conversación se acaba en cuanto su marido gruñe ahí dentro. Le acaban de despertar mientras descansaba antes de su turno nocturno como conductor de mototaxis. Es uno de los empleos más comunes entre los que apenas tienen nada. En Yakarta, colapsada por el tráfico, las motos se han convertido en las reinas de las carreteras. Y legiones de asalariados del algoritmo han empezado a trabajar al servicio de aplicaciones como Gojek y Grab. Apenas rascan unos céntimos por cada viaje.

A pesar de diversas iniciativas, Yakarta sigue siendo la novena ciudad más congestionada del mundo, según la consultora de tráfico Inrix. Sus habitantes pierden 83 horas anuales en atascos, y el transporte público es insuficiente para gestionar un volumen brutal de desplazamientos que el académico Gamal explica como un “desajuste”, que a la vez provoca otros problemas como la contaminación del aire: “La gente vive donde no trabaja o trabaja donde no vive”.
La situación límite de Yakarta, asolada por los problemas, llevó al anterior presidente, Joko Widodo, a buscar soluciones drásticas. Propuso empezar de cero construyendo una nueva capital llamada Nusantara en la isla de Borneo. Las obras arrancaron en 2022, y aunque el plan sigue en marcha, los ministerios aún no se han trasladado. Mientras, el actual Ejecutivo de Prabowo ha recortado los presupuestos, y hay quienes dudan de que siga gozando del mismo respaldo. El tiempo dirá.
“Si los edificios y el transporte están en condiciones, creo que estaría bien mudarnos allí”, afirma Kiki Puspita Amalia, de 42 años, que sería una posible afectada como trabajadora del Ministerio de Asuntos Marítimos y Pesca.

Casada y madre de dos hijos, Kiki vive en Bogor, una de las ciudades periféricas que conforman la gran masa urbana de la Gran Yakarta. Aunque está lejos de su trabajo, le compensa vivir donde vive, una zona espaciosa, más asequible: “Yakarta está demasiado saturada para criar a los hijos”, dice. Pero a la vez le obliga a amanecer a las cuatro para llegar a tiempo a todo. Prepara desayunos, se arregla, se atusa el velo y sale de su chalet hacia la estación de tren a esa hora en la que el cielo clarea con las primeras luces. Por la ventanilla del cercanías ve pasar una barriada tras otra mientras lee versículos del Corán en el móvil en un vagón atestado. Cuando llega a su estación, en el centro, aún le falta subirse a una mototaxi para el último tramo. Tarda en torno a hora y media de puerta a puerta. Si fuera en coche, dice, podría demorarse hasta tres. “El tráfico es una locura”.
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