Rumania lleva más de tres años soportando incursiones de drones rusos en su espacio aéreo, pero esta semana Bucarest ha cruzado una línea que hasta ahora había evitado: derribarlos. En apenas 48 horas, entre el 24 y el 26 de julio, las Fuerzas Aéreas Rumanas abatieron tres aparatos no tripulados que habían penetrado en su espacio aéreo, una decisión sin precedentes desde el inicio hace cuatro años y medio de la invasión rusa en Ucrania —país con el que comparte 650 kilómetros de frontera—, y que refleja un cambio de doctrina frente a una amenaza cada vez más frecuente.
El aumento de las incursiones de aparatos no tripulados en su espacio aéreo lleva a Bucarest abandonar su política de contención pese al elevado precio de las interceptaciones
Rumania lleva más de tres años soportando incursiones de drones rusos en su espacio aéreo, pero esta semana Bucarest ha cruzado una línea que hasta ahora había evitado: derribarlos. En apenas 48 horas, entre el 24 y el 26 de julio, las Fuerzas Aéreas Rumanas abatieron tres aparatos no tripulados que habían penetrado en su espacio aéreo, una decisión sin precedentes desde el inicio hace cuatro años y medio de la invasión rusa en Ucrania —país con el que comparte 650 kilómetros de frontera—, y que refleja un cambio de doctrina frente a una amenaza cada vez más frecuente.
El giro llega después de una escalada sostenida de las intromisiones de aeronaves. Desde febrero de 2022, las autoridades rumanas han contabilizado la entrada de 34 drones, de los que 19 penetraron este año, un aumento que les ha obligado a revisar su estrategia. El episodio más grave sucedió el 29 de mayo, cuando un dron Shahed de procedencia rusa impactó contra un edificio residencial de Galați, una ciudad situada a orillas del Danubio. El ataque hirió a dos personas.
Hasta ahora, el Gobierno rumano había optado por una política de máxima contención. Su reacción se había limitado a vigilar las incursiones y cerrar un consulado, pese a considerar las repetidas violaciones de su jurisdicción aérea como una provocación sistemática del Kremlin. Pero ese planteamiento cambió el pasado fin de semana.
El primero de los drones abatidos, un Shahed-136 —denominado Geran-2 por Rusia y con un coste aproximado de unos 30.000 euros—, sobrevoló Rumania durante algo más de una hora y llegó a aproximarse a unos 130 kilómetros de Bucarest antes de ser destruido sobre un campo de cereales. Los otros dos fueron interceptados el sábado y el domingo sobre el delta del Danubio y el mar Negro, respectivamente. Un cuarto aparato estuvo a punto de correr la misma suerte el lunes, pero este abandonó el espacio aéreo rápidamente antes de que se ejecutara una nueva operación de derribo.
Inmediatamente, Exteriores convocó al embajador ruso para comunicarle el lunes la expulsión de uno de sus diplomáticos. Sin embargo, el debate público no tardó en desplazarse del terreno geopolítico al económico. ¿Tiene sentido derribar un dron que cuesta diez veces menos que el misil utilizado para destruirlo? Además, tres drones fueron neutralizados, pero se lanzaron cuatro proyectiles.
Los cazas rumanos emplearon tres AIM-9X Sidewinder con éxito, mientras que un Eurofighter Typhoon de la Fuerza Aérea Italiana, desplegado en Rumania dentro de la misión reforzada de policía aérea de la OTAN, disparó un misil IRIS-T sin alcanzar su objetivo. La orden de abrir fuego partió del Centro de Operaciones Aéreas Combinadas de la Alianza Atlántica, ubicado en la base de Torrejón.

El precio de cada uno de esos misiles ronda los 400.000 dólares (unos 348.000 euros). A ello hay que añadir las horas de vuelo de los cazas, el combustible, el mantenimiento y el despliegue de personal. Medios rumanos han cifrado el coste de la operación de derribo de los tres aparatos en 1,5 millones de euros solo para la aviación rumana, sin contar el misil del avión italiano. En cambio, Defensa rechaza esa estimación. “Por razones de seguridad operacional, el Ministerio de Defensa no divulga los costes detallados relacionados con la utilización de medios y municiones en esas misiones”, respondió a El PAÍS la institución que vela por la seguridad del país.
Defensa añadió que “se debe tener en cuenta que las misiones de la policía aérea y el entrenamiento de tripulaciones suelen incluir los tiempos de vuelo y el uso de los recursos necesarios, que se planifican y presupuestan independientemente de las intervenciones para interceptar objetivos aéreos”.
La discusión, sin embargo, trascendió a la opinión pública. Para Sandu Valentin Mateiu, comandante en la reserva y antiguo analista del Ministerio de Defensa, el coste económico resulta secundario. “Rumania no puede pensar ahora en la eficiencia económica. Lo prioritario es responder con firmeza al aumento de las incursiones rusas”, sostiene. A su juicio, permitir que esos aparatos sobrevuelen impunemente el país socavaría la credibilidad de la defensa nacional. No obstante, Mateiu considera que, a largo plazo, deberían emplearse medios más baratos —como helicópteros o sistemas antiaéreos Gepard— para neutralizar este tipo de amenazas.
Una opinión similar mantiene Haru Bucur Marcu, antiguo responsable de Estrategia de Defensa. “El coste de fabricación de un dron no refleja el daño potencial que puede causar”, afirma. Recuerda que, además de transportar explosivos, estos aparatos pueden recopilar información sobre radares, infraestructuras críticas o procedimientos militares cuyo valor estratégico supera con creces el precio del propio dron. “El valor de fabricación no mide el riesgo creado por la carga explosiva, un eventual accidente descontrolado o alcanzar un objetivo de infraestructura crítica”, profundiza este antiguo piloto militar.
Otros expertos rechazan interpretar estas incursiones como el preludio de una agresión rusa contra un país de la Alianza. Virgil Balaceanu, general retirado que representó a Rumania en el mando aliado de Bruselas, descarta que Moscú esté poniendo a prueba la disposición de la coalición para responder militarmente. “Si Rusia quisiera atacar a un miembro de la OTAN no enviaría un único dron”, afirma. En su opinión, la mayoría de estos aparatos termina entrando en territorio rumano porque la defensa antiaérea ucrania logra desviarlos mediante sistemas de guerra electrónica o porque Rusia aprovecha la vaguada del Danubio para dificultar la detección y complicar la respuesta de Kiev, que evita perseguirlos sobre espacio aéreo aliado.
Mateiu discrepa parcialmente. Argumenta que las incursiones forman parte de la guerra híbrida destinada a intimidar a la población y probar la capacidad de reacción de los aliados. “Rumania no comenzará una guerra con la Federación Rusa, pero debe aclarar por qué sus drones vuelan nuestro espacio aéreo, poniendo en peligro la vida de los ciudadanos”, remarca.
El Estado Mayor rumano coincide en que la presión sobre la frontera ha aumentado en las últimas semanas. Según explicó, Rusia ha intensificado sus ataques contra el entorno del puerto ucraniano de Odesa antes del inicio de la campaña de exportación de cereales, incrementando la presión sobre uno de los corredores comerciales y energéticos más sensibles del mar Negro.
Bajo este nuevo contexto de incertidumbre en el flanco oriental de la OTAN, cerca de 200 militares españoles, siete cazas F-18 y, por primera vez, tres helicópteros NH90 participarán desde principios de agosto hasta diciembre en la misión de policía aérea aliada en Rumania. El Ministerio de Defensa español subraya que el destacamento está preparado específicamente para interceptar drones.
Mientras tanto, Bucarest confía en disponer de dos sistemas antidrones a partir de junio del próximo año. Uno de ellos, fabricado por una empresa israelí; el otro, a través de una colaboración con Ucrania con dinero del programa europeo Safe. Por el momento, Rumania descarta invocar el artículo 4 de la OTAN, que establece que los países miembros se reúnan para celebrar consultas cuando uno de ellos considere que su integridad territorial se encuentre en peligro. Sin embargo, la decisión de derribar los aparatos rusos ya no parece una respuesta excepcional, sino el reflejo de una nueva realidad en la frontera oriental de la Alianza.
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