La convocatoria anticipada de comicios de Pedro Sánchez da el pistoletazo de salida a un año de máxima intensidad política en Europa, con citas clave entre otros países, en cuatro de sus mayores potencias —Francia, Italia, Polonia y España— en un momento en que la derecha radical ha ganado terreno en un panorama político ya muy dominado por la derecha. Sánchez es el único líder socialista de un país grande de la Unión Europea en el que solo queda Dinamarca —con el gobierno de coalición de Mette Frederiksen, que se aleja de las posiciones tradicionales de la izquierda— y la pequeña Malta gobernadas por la socialdemocracia.
El español ha sido el referente de la izquierda europea con su postura sobre Gaza, la defensa, Trump y la agenda verde
La convocatoria anticipada de comicios de Pedro Sánchez da el pistoletazo de salida a un año de máxima intensidad política en Europa, con citas clave entre otros países, en cuatro de sus mayores potencias —Francia, Italia, Polonia y España— en un momento en que la derecha radical ha ganado terreno en un panorama político ya muy dominado por la derecha. Sánchez es el único líder socialista de un país grande de la Unión Europea en el que solo queda Dinamarca —con el gobierno de coalición de Mette Frederiksen, que se aleja de las posiciones tradicionales de la izquierda— y la pequeña Malta gobernadas por la socialdemocracia.
El presidente español ha sido la voz del centro-izquierda en Europa y referente por su defensa de Gaza en una UE profundamente dividida sobre Israel —y en la que el peso de Alemania y otros se ha impuesto para frenar las sanciones contra el Gobierno de Benjamin Netanyahu—, por sus críticas a Donald Trump, su defensa del multilateralismo, sus postura contra los oligarcas tecnológicos y por defender la agenda verde y la regulación. También, por practicar una política migratoria que ha defendido la regulación de quienes ya están en España y ha cargado contra la creación de centros de deportación fuera de sus fronteras.
España llega a las urnas mientras Sánchez trata de mantener uno de los pocos gobiernos nacionales de la UE claramente situados en la izquierda. El español —con su agenda progresista—ha estado cada vez más solo en un Consejo Europeo dominado por los conservadores. Con la vista puesta en las elecciones que España ha adelantado al 29 de noviembre, los líderes de la derecha y la ultraderecha empezaron a afilar sus cuchillos con lo ocurrido este verano en Ceuta, con la perspectiva de que la crisis migratoria avivara el empuje electoral. Las imágenes de la entrada ilegal de decenas de miles de personas en la ciudad autónoma desde Marruecos fueron una valiosa gasolina.
Veintidós líderes europeos, entre otros, los de Italia, Alemania, Polonia o Finlandia, cargaron entonces contra Sánchez, acusaron a España veladamente de no controla sus fronteras, exigieron una respuesta más dura y llegaron a plantear restricciones a movimiento con España, incluida la idea de una exclusión temporal del espacio Schengen. Algunos de los que firmaron esa carta dirigida a la presidenta de la Comisión Europea, la conservadora alemana Ursula von der Leyen, tienen elecciones en los próximos meses. La mayoría, remarcan fuentes diplomáticas, quería además lanzar una daga a Sánchez por su regularización masiva de migrantes, enormemente criticada por la derecha en Europa.
Pero esa carta, sobre todo, convirtió la crisis de Ceuta en un debate sobre la solidaridad europea, por la enorme diferencia con la reacción europea a crisis anteriores y en otros países, como los bálticos.
Sánchez también ha sido el verso suelto en una Europa cada vez más militarizada. El español fue el único líder de la OTAN que no firmó el año pasado el compromiso con la Alianza de elevar el gasto en defensa hasta el 5% del PIB. Y ha defendido que España puede cumplir con sus compromisos con la organización militar gastando el 2,1% y sin hacer recortes en el Estado del bienestar. Su negativa —muy pública, además— le ha generado la crítica de Donald Trump. El presidente estadounidense cargó de nuevo contra España el pasado julio, antes de la cumbre de la OTAN de Ankara, en la que definió al país como un “socio terrible”.
Las encuestas sugieren que una coalición liderada por el PP con el apoyo de Vox es el resultado más probable en España. Eso llevaría a un partido de extrema derecha al Gobierno, cambiando un poco más el equilibrio político de la Unión Europea. Hoy, seis países están gobernados por la ultraderecha o en coalición: Italia, Finlandia, República Checa, Eslovaquia, Croacia y Eslovenia. A los que se añade el caso de Suecia, que está en transición —los socialdemócratas fueron la fuerza más votada en los comicios de hace unas semanas, pero no han logrado formar Gobierno— y donde la ultraderecha sostiene al Ejecutivo desde fuera.
Esa agenda cada vez más escorada a la derecha y en la que los conservadores tradicionales del Partido Popular Europeo (PPE) han asumido su relato político, ha dado cada vez más peso a las cuestiones de inmigración, competitividad y defensa en la UE. Una Unión en la que ocho de los 27 países celebrarán elecciones clave de aquí a final del año que viene, en un momento clave para Europa con la guerra de Rusia contra Ucrania camino de su quinto aniversario, con la amenaza creciente de Kremlin sobre el viejo continente, con un club comunitario que aguanta los embates de Trump y trata de decidir su política frente al empuje de China.
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