Mis vecinos norcoreanos

Varias personas pasan frente a la Embajada de Corea del Norte, en Berlín (Alemania).

Por la mañana, cuando me levanto, lo primero que veo desde la ventana de mi dormitorio es Corea del Norte. Vivo en el corazón de Berlín pero tengo de vecina la embajada de la República Popular Democrática de Corea. En sus instalaciones, gigantescas, heredadas de cuando existía la Alemania comunista (la RDA), no rigen las leyes alemanas. Quien decide todo ahí dentro es un diplomático de nombre Kim Chol Jun que no tiene cargo de embajador, según el ministerio de Exteriores alemán.

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 La República Popular Democrática de Corea mantiene abierta, aunque prácticamente sin actividad, su gigantesca embajada de Berlín  

Por la mañana, cuando me levanto, lo primero que veo desde la ventana de mi dormitorio es Corea del Norte. Vivo en el corazón de Berlín pero tengo de vecina la embajada de la República Popular Democrática de Corea. En sus instalaciones, gigantescas, heredadas de cuando existía la Alemania comunista (la RDA), no rigen las leyes alemanas. Quien decide todo ahí dentro es un diplomático de nombre Kim Chol Jun que no tiene cargo de embajador, según el ministerio de Exteriores alemán.

Para mí, quien manda de verdad es un hombre que veo cada día moverse de un lado para otro.

“Hay un hombre en España que lo hace todo”, dice el pasodoble de Astrud que una mañana me lo puse de fondo, expresamente, mientras el encargado norcoreano ordenaba a otro que recogiera unas ramas recién podadas, abría la barrera de salida a uno de los coches de la legación, fumaba y hablaba por el teléfono. Todo al mismo tiempo.

El hombre que lo hace todo en la Embajada norcoreana es calvo, tiene barriga y viste como uno se imagina que visten los funcionarios norcoreanos: jersey marrón, pantalón gris y zapatos negro de falso cuero. Mis vecinos norcoreanos tienen por lo menos dos coches, viejos turismos de color azul y sin matrícula diplomática. Los tienen aparcados en la calle o debajo de un cobertizo de planchas de chapa que han montado en lo que era el patio de armas. Este espacio, diseñado para desfiles y recepciones, está abandonado, conquistado por malas hierbas y grafitis de gamberros que se han colado. Su patio da al acceso de mi edificio y últimamente, desde los matorrales, llega olor a animal en descomposición. ¿Algún gato muerto?

Yo también he tenido la tentación de entrar en la embajada norcoreana. Es sorprendentemente fácil. Siempre quise viajar a Corea del Norte. Lo más cerca que estuve fue en la frontera con la provincia china de Jilin. Estuve allí hace casi dos décadas, durante mis años como periodista en China. Desde el lado norcoreanos nos observaban con prismáticos como yo los observo ahora recién salido de la cama.

Nunca he visto a nadie visitar la embajada norcoreana. La Oficina de Estadística del Gobierno alemán indica que en 2025 accedieron a Alemania 150 norcoreanos. Los últimos datos oficiales que he encontrado, de 2020, establecen en menos de 500 los ciudadanos de este país que residen en Alemania. Tiene lógica que la actividad en la embajada sea mínima.

En el pasado era otra cosa, hasta aquel 2020. Aquel año fue precintado, como parte de las sanciones occidentales sobre la dictadura de Kim Jong-Un, un hostal que tenían en las instalaciones de la embajada. El dinero que ingresaban no declaraba impuestos y servía para financiar la dictadura, concluyeron las autoridades de Berlín.

En la embajada trabajan hasta cinco personas, acompañadas por sus familias, según un artículo del diario Frankfurter Allgemeine Zeitung de 2023. En lo que era el hostal viven por lo menos el señor que lo hace todo, tres hombres más y una mujer. Entran y salen siempre por la misma puerta. Por la noche, en todo el complejo solo hay encendida una bombilla, la que cuelga sobre esta puerta. Nada más.

Mis otros edificios vecinos son también interesantes. Al sur tengo un bloque de viviendas de módulos prefabricados de la RDA; al norte, el supermercado donde hace la compra la excanciller Angela Merkel (tiene su oficina cerca); y al oeste, el centro cultural de la República Checa, otra herencia de la era comunista semiabandonada y donde, cuando cae el sol, se acercan heroinómanos, vagabundos y borrachos.

De todos ellos, mis favoritos son los norcoreanos. Quizá porque hay algo irresistiblemente melancólico en su existencia berlinesa, aislados en un mundo que se derrumbó con la Unión Soviética. Una noche que bajé a tirar la basura me sorprendió una música que procedía de la embajada. Me acerqué para escuchar mejor la melodía: era una canción romántica, interpretada en coreano por una mujer. Sonaba por los altavoces del patio y me imaginé al hombre que lo hace todo sentado en su garita con una botella de aguardiente, añorando a su mujer o a su tierra, apretando el botón de la megafonía para que Berlín sepa de él.

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