La vida en Gaza, un infierno cotidiano tras 300 días de alto el fuego

“La gente dice que hay un alto el fuego, pero yo no siento que exista”. Para Ibrahim al Ghandur, la vida en Gaza sigue siendo un infierno. Tiene 36 años y una historia de terror a sus espaldas. Durante los momentos más duros de la invasión israelí, su hermano menor fue a conseguir un saco de harina de la hoy desaparecida Fundación Humanitaria de Gaza, la organización privada y militarizada que usaron Estados Unidos e Israel para distribuir ayuda puenteando a Naciones Unidas. Como otros más de 1.300 palestinos muertos por fuego israelí cuando buscaban comida, nunca regresó. “Encontré su cadáver en el suelo a la mañana siguiente, con los perros destrozándolo. Lo cargué y lo llevé al hospital”, rememora. “Mi familia lo enterró después, pero yo no pude asistir. Hui del lugar porque no podía asimilar lo sucedido”.

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 Sin agua corriente ni electricidad, la población sigue a la espera de un futuro distinto. Israel bombardea menos, pero mantiene a cientos de miles de palestinos en tiendas de campaña al bloquear la reconstrucción  

“La gente dice que hay un alto el fuego, pero yo no siento que exista”. Para Ibrahim al Ghandur, la vida en Gaza sigue siendo un infierno. Tiene 36 años y una historia de terror a sus espaldas. Durante los momentos más duros de la invasión israelí, su hermano menor fue a conseguir un saco de harina de la hoy desaparecida Fundación Humanitaria de Gaza, la organización privada y militarizada que usaron Estados Unidos e Israel para distribuir ayuda puenteando a Naciones Unidas. Como otros más de 1.300 palestinos muertos por fuego israelí cuando buscaban comida, nunca regresó. “Encontré su cadáver en el suelo a la mañana siguiente, con los perros destrozándolo. Lo cargué y lo llevé al hospital”, rememora. “Mi familia lo enterró después, pero yo no pude asistir. Hui del lugar porque no podía asimilar lo sucedido”.

Tras el entierro, iba hacia la casa familiar por la carretera de la playa (“llena de civiles, ancianos, mujeres, niños”) cuando una explosión lo tiró repentinamente al suelo y lo dejó inconsciente. Cuando recuperó el conocimiento, se encontró con media pierna y cuatro dedos de la mano amputados. Hoy pasa los días sin trabajar, rogando ayuda económica por internet y soñando con una evacuación médica urgente, que puede llegar dentro de una década, al ritmo al que se están efectuando.

Al Ghandur cuenta que lleva dos meses sin ver a una de sus hijas porque le cuesta moverse con una sola pierna y pagar los tres séqueles (menos de un euro o un dólar) del transporte. “Una vez, caminé un buen trecho en vez de tomar un vehículo. A veces prefiero alejarme del camino para que la gente no me vea, porque me avergüenzan las miradas de lástima”, recuerda en la tienda de campaña en la que vive en Deir el Balah, donde ha acabado desplazado (como virtualmente los dos millones de gazatíes) por el miedo y las órdenes militares israelíes desde su Yabalia natal, un campamento de refugiados en el norte que ya solo existe en los mapas, en el 53% de Gaza en manos del ejército israelí.

Se siente como “un niño pequeño” que necesita la ayuda de su madre para todo y explota de rabia contra su familia sin razón. “A veces les pido que cierren la tienda de campaña y me dejen solo unas horas, hasta que me calme”, añade. Cuando sale pus de su muñón, aún infectado, se asusta. “Trato de limpiarlo y apretar, pero después de un tiempo vuelve a infectarse, pese a la medicación y el tratamiento”, agrega.

Es la vida en Gaza después de más de 300 días de alto el fuego en los que Israel ha reducido sus bombardeos, detenido los interminables desplazamientos forzosos (casi todos los gazatíes acumulan al menos diez) y permitido que entren más camiones. Poco más ha cambiado para la población. Gaza sigue sin electricidad, condenada a cocinar con trozos de madera sacados de los escombros (o, en el caso de los más afortunados, con pequeñas bombonas de gas), ni agua. Las colas para llenar los bidones de los camiones cisterna de las organizaciones humanitarias sigue formando parte de la rutina. Cientos de miles de personas viven aún en tiendas de campaña, a la espera de la prometida reconstrucción, una especie de Godot que el Gobierno de Benjamín Netanyahu impide como castigo colectivo para presionar a Hamás. La tregua ha reducido, además, la atención de la comunidad internacional, aún menos implicada en remediar la situación.

Con todo, se ha instalado una especie de extraña normalidad, como si el impulso de vida fuese más fuerte que la miseria de escombros grises en la que se desarrolla. Este viernes, miles de desplazados llenaban y se bañaban en la playa de Ciudad de Gaza, ahora que Israel no bombardea las zonas costeras y el miedo se ha diluido. Los niños han ido retomando las clases escolares, aunque sea en carpas. Un librero, Mohammed Saad,vende en el suelo los libros que rescató —moviendo los escombros con las manos— de su bombardeada librería. Y Suhail Abu Shawish arregla laúdes y otros instrumentos de cuerda con las maderas de las cajas en que llega la ayuda humanitaria.

Aunque los bombardeos constantes y brutales han quedado atrás, los cielos —o la tierra, al acercarse, sabiéndolo o no, a la parte de Gaza en manos de las tropas israelíes— siguen siendo sinónimo de peligro. Dos personas han muerto y 14 han resultado heridas por fuego israelí desde el viernes, según los datos del Ministerio de Sanidad gazatí. Son 1.262 cadáveres en diez meses de un alto el fuego en los que las milicias de Gaza no han disparado un solo cohete contra Israel, salvo uno lanzado por libre que ni siquiera llegó a cruzar.

Tampoco ha acabado la lucha por la supervivencia. Según la Oficina de Asuntos Humanitarios de la ONU, solo la semana pasada, 290 hogares vivieron de nuevo la amargura del desplazamiento o perdieron propiedades, por alguno de los males que siguen marcando el día a día de dos millones de gazatíes, concentrados en un 40% (el que gobierna Hamás) de uno de los territorios más densamente poblados del mundo. Una parte, por ataques israelíes; otra, por incendios —originados casi siempre por tener que cocinar con fuego en espacios minúsculos— o porque el ejército israelí ha vuelto a mover los bloques amarillos de cemento, comiendo terreno respecto al acordado en el alto el fuego. Quien los traspase, se juega la vida.

Entre tanta miseria y adversidad, Amani al Ayuri, de 35 años, lucha por criar a sus tres hijas, de cuatro, seis y ocho años. Perdió a su esposo en diciembre de 2023, al comienzo de la invasión: se encontraba en el Hospital Al Ahli de la capital cuando la aviación israelí bombardeó el cementerio cristiano contiguo y dos fragmentos de metralla “lo alcanzaron directamente en la zona del corazón”, explica junto a ellas.

Desde entonces, su día a día en Deir el Balah consiste en tratar de proveerlas de “las cosas más simples”: agua, alimentos, ropa o el material para que puedan seguir en el devastado sistema educativo que trata de renacer. “Tengo que buscar todo por mí misma y conseguir dinero o ayuda para proveerlo”, lamenta.

El agua, por ejemplo. Según datos de la ONU, el 90% de la población de Gaza experimenta “disrupciones frecuentes e impredecibles” en obtenerla para beber, bañarse o limpiarse. En algunas familias, los niños suelen ir a buscarla en cuanto tienen el mínimo de fuerza para cargar bidones. Las hijas de Al Ayuri aún no pueden y los camiones cisterna no llegan a su zona, así que un vecino les permite tomar agua desalinizada del Mediterráneo. La usan para asearse y limpiar la tienda, o la cuecen para potabilizarla.

“Nuestras vidas han dado un giro de 180 grados. Antes nos sentábamos en casa junto a la ventana con un ventilador y teníamos todo lo que necesitábamos. Ahora vivimos en una tienda de campaña y buscamos lo más básico. Mi esposo trabajaba como enfermero y, cuando murió, perdimos la fuente de ingresos que nos sustentaba. Entré en una situación psicológica muy difícil, pero traté de mantenerme fuerte porque mis hijas me necesitan y porque la vida tiene que continuar”, admite Al Ayuri. “No solo perdí a mi esposo en esta guerra, también a otros parientes, como un hermano. Es una de las experiencias más dolorosas que he vivido. Cada vez que soportábamos el dolor de perder a alguien, se volvía más difícil que la anterior”.

Entre tanta carencia, esta viuda echa de menos una puerta, como las que tenía su hoy destruida casa. Le daba, sobre todo a las niñas, “sensación de seguridad”. La tienda de campaña, en cambio, es un “sufrimiento diario” de calor (este sábado la temperatura ha llegado a 32 grados), pulgas, mosquitos y hasta roedores, que causan desde hace meses el pánico (muerden las extremidades de los niños mientras duermen) y contribuyen a propagar enfermedades. “A veces vemos insectos que nunca antes habíamos visto. Intentamos deshacernos de ellos de maneras simples, como echando sal alrededor de la tienda de campaña o cerca de donde duermen mis hijas, porque temo que las piquen”, relata. De noche, iluminan la tienda únicamente con la linterna del móvil, que su hermano carga cada mañana en placas solares colectivas.

Por eso, Al Ayuri siente que su vida “no ha cambiado desde que anunciaron el alto el fuego”, en octubre de 2025. “La intensidad de los bombardeos y el miedo han disminuido, pero el sufrimiento persiste. Aún no hay una seguridad real y los ataques continúan. Para mí, la guerra no ha acabado de verdad. Solo cuando lo haga por completo y haya verdadera seguridad, sentiremos que podemos descansar de verdad”. Entonces, acabará el máster que cursaba, como —añade— quería en vida su marido.

En los mercados, hay más productos que antes de la tregua, pero no todos pueden pagarlos. Israel argumenta que cumple con el acuerdo, permitiendo la entrada de 600 camiones diarios, pero lo que ha crecido, sobre todo, es el número de camiones del sector privado, que benefician a empresarios e intermediarios en un mercado cautivo. Según los datos de la Cámara de Comercio de Gaza, 264 de los camiones del sector privado que entraron la semana pasada, un 30%, contenían bienes no esenciales. Solo diez llevaban pasto para animales o equipamiento médico. Los gazatíes se suelen quejar de la cantidad de golosinas o móviles en los puestos, mientras Israel sigue impidiendo a las organizaciones humanitarias introducir bienes que considera de potencial doble uso por las milicias. Y que, además, sí han entrado por el canal privado, como varillas de tiendas de campaña o generadores.

“Frente a mi tienda de campaña pasan todos los días cientos de camiones. Y por la noche oigo su ruido. Pero no veo que me llegue ninguna ayuda. A veces, lo único que necesito es un pañuelo o unas vendas para limpiarme la pierna herida”, cuenta Al Ghandur. En 2025, cuando el cerco israelí llevó a la declaración de hambruna en la capital y un solo cigarrillo costaba hasta 13 euros, Bezalel Zini, un hermano del jefe de los servicios secretos de Israel, David Zini, aprovechó su apellido y uniforme de reservista para lucrarse introduciendo cartones de tabaco, iPhones o repuestos de coches.

Los bombardeos han afectado también a cerca del 98% de la infraestructura bancaria, según el Banco Mundial. Con solo dos cajeros automáticos parcialmente operativos en toda Gaza, la gente se resigna a pagar a los cambistas comisiones de hasta el 40% o el 50% para obtener efectivo. Gaza usa el séquel, la moneda de Israel, y depende de que suministre a sus bancos billetes y monedas nuevos. Con tal escasez de billetes (más aún porque nadie quiere los deteriorados por el uso, ya que a menudo se rechazan) se han acabado imponiendo el crédito informal, los préstamos de buena fe, el trueque o los monederos electrónicos, instalados en el teléfono inteligente.

En esto último es en lo que trabaja (uno de los afortunados) Musab al Attar, de 20 años y desplazado a Deir el Balah desde Beit Lahiya, otro antiguo lugar del norte de Gaza donde el asesor y yerno de Donald Trump, Jared Kushner, vislumbraba en la Cumbre de Davos levantar una especie de Dubái con rascacielos para turistas. Mientras estudia informática a distancia en la universidad, Al Attar trabaja para Jawwal, la mayor empresa palestina de telecomunicaciones, en el desarrollo de su monedero electrónico: Jawwal Pay.

“Quizás la situación ha mejorado un poco, pero la vida diaria sigue siendo casi la misma que durante la guerra. Es una lucha por cubrir las necesidades básicas y sobrevivir”, afirma. “El agua no ha mejorado, la comida tampoco y seguimos viviendo en tiendas de campaña. No sentimos estabilidad real”. Al Attar habla de problemas cotidianos. De cómo depende a menudo de las takiyas, las cocinas comunitarias caritativas, para comer. O de que, si pierde el turno para recoger el agua de los camiones cisterna, baja directamente al mar, cargando el mayor peso posible para reducir los desplazamientos.

El joven tiene décadas de vida por delante, pero usa dos palabras poco esperanzadoras para referirse a su futuro, modelado en despachos a miles de kilómetros. No es solo “incierto”. Es también “aterrador”. “No sé cómo mejorarán nuestras vidas o en qué consistirá esa mejora”, reconoce. “Pero, hasta ahora, no siento que haya un día diferente a los que vivimos durante la guerra. Seguimos sufriendo”.

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