El camino hasta las torres obliga a cubrirse la nariz. Ya no huele a cadáver, como en los primeros días, pero la tierra en suspensión de cientos de toneladas de cemento molido se clava en la garganta y los lagrimales. El sol empieza a ceder y es entonces cuando llegan los zancudos, en manada, a morder la piel sudada y sucia. Los picos continúan golpeando el cemento tres meses después y los pitidos de las excavadoras dando marcha atrás son insoportables cuando suenan todos a la vez. La gente ya no grita de dolor. Como mucho, se oyen órdenes de un militar y alguien que alerta de que ha encontrado una calavera, inalcanzable todavía entre dos placas de concreto. Y ahí, en lo alto de una torre partida en dos, a la altura del sexto piso, con el cielo rosa al fondo, surge una figura que parece una gacela, con su celular siempre en la mano. Es Wallesca Pérez, de 23 años, a la que todos en esa esquina llaman La Flaca.

Tres meses después de los terremotos de Venezuela, la reconstrucción asoma en algunos rincones de la zona cero mientras en otros ni siquiera comenzó el luto
El camino hasta las torres obliga a cubrirse la nariz. Ya no huele a cadáver, como en los primeros días, pero la tierra en suspensión de cientos de toneladas de cemento molido se clava en la garganta y los lagrimales. El sol empieza a ceder y es entonces cuando llegan los zancudos, en manada, a morder la piel sudada y sucia. Los picos continúan golpeando el cemento tres meses después y los pitidos de las excavadoras dando marcha atrás son insoportables cuando suenan todos a la vez. La gente ya no grita de dolor. Como mucho, se oyen órdenes de un militar y alguien que alerta de que ha encontrado una calavera, inalcanzable todavía entre dos placas de concreto. Y ahí, en lo alto de una torre partida en dos, a la altura del sexto piso, con el cielo rosa al fondo, surge una figura que parece una gacela, con su celular siempre en la mano. Es Wallesca Pérez, de 23 años, a la que todos en esa esquina llaman La Flaca.

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