La ciudad de Tiro desconfía de la tregua con Israel: “Quieren llenarnos el corazón de terror”

No hay nada de normal en lo que rodea a los residentes de Tiro. La mayor ciudad del sur de Líbano, amada por los visitantes locales e internacionales como un paraíso mediterráneo entre plataneros y restos de ciudades antiguas, procesa estos días el temor de ser a partir de ahora uno de los mayores objetivos del ejército israelí. Aunque Líbano se encuentra en una supuesta tregua temporal, Israel dejó el mensaje escrito en cuatro edificios residenciales que hundió en el centro de la ciudad en el último minuto previo al cese. Ahora, los escombros de aquellos ataques —uno de los cuales, descrito por los locales como un terremoto, fue una masacre, con una veintena de muertos mientras todavía se buscan dos cuerpos más— instalan entre los residentes el miedo a que Israel retome la guerra con la misma fuerza con la que la pausó.

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Tres chicas observan el horizonte desde la costa de Tiro mientras una humareda se levanta a lo lejos en los territorios fronterizos, el lunes.Haidar Rasheed Said posa en el recinto de defensa civil donde está forzosamente desplazado en Tiro, el lunes. Los residentes de la mayor urbe del sur de Líbano temen el regreso inminente a la guerra entre las fuerzas israelíes y Hezbolá, ante el fin del alto el fuego el próximo domingo  

No hay nada de normal en lo que rodea a los residentes de Tiro. La mayor ciudad del sur de Líbano, amada por los visitantes locales e internacionales como un paraíso mediterráneo entre plataneros y restos de ciudades antiguas, procesa estos días el temor de ser a partir de ahora uno de los mayores objetivos del ejército israelí. Aunque Líbano se encuentra en una supuesta tregua temporal, Israel dejó el mensaje escrito en cuatro edificios residenciales que hundió en el centro de la ciudad en el último minuto previo al cese. Ahora, los escombros de aquellos ataques —uno de los cuales, descrito por los locales como un terremoto, fue una masacre, con una veintena de muertos mientras todavía se buscan dos cuerpos más— instalan entre los residentes el miedo a que Israel retome la guerra con la misma fuerza con la que la pausó.

“El único objetivo de Israel es llenar el corazón de los libaneses de terror”, lamenta el paramédico Abbas Awad, responsable en Tiro del equipo de defensa civil de la agrupación Protección del Mensaje Islámico. Ataviado con la armilla reflectante y el walkie-talkie, deja un momento sus funciones para atender a este diario desde sus instalaciones, donde descansan ambulancias como las que se han visto en las noticias tras bombardeos que han causado la muerte de algunos de sus compañeros. Fuera del recinto se encuentran las famosas columnas fenicias frente al Mediterráneo, que temblaron ante el ataque que tumbó un edificio residencial ubicado a 20 metros de la entrada de la ciudad antigua.

Awad se dice sabedor de que Israel incrementa la violencia de sus ataques cuando se aproxima una tregua. Con aspecto agotado, asegura que se habían preparado a consciencia para esas horas antes de la medianoche del jueves al viernes, cuando la tregua de 10 días —hasta el domingo— anunciada por la Administración de Donald Trump entraba en vigor. “No lo esperábamos”, dice a pesar de eso, mientras sus colegas le escuchan en silencio. “No esperábamos que el enemigo destruyera todo un barrio en esta ciudad maravillosa, que tiene las mejores playas y gente, y donde no hay nada de valor militar”. “Esto es solo un sitio lleno de gente”, concluye, sentado y hablando hacia el suelo.

“Aquel minuto fue catastrófico”, relata Sanah. Tiene su hogar y un pequeño supermercado en medio de los cuatro edificios que aquel día volaron. Siente que la virulencia previa a la tregua fue algo nuevo, tal y como hacen otros vecinos, que señalan Tiro como un lugar que consideraban seguro en las guerras anteriores a la iniciada en 2023. “Los aviones israelíes nos rodeaban”, añade. Lleva el cuerpo cubierto con un chador, de modo que solo enseña el rostro, y su local está presidido por una fotografía del sayed Hasan Nasralá, secretario general de Hezbolá hasta su muerte a manos de Israel en 2024.

Sanah es una mujer fuerte: no ha abandonado Tiro durante esta guerra ni lo hizo durante la guerra civil que inició en los setenta, y el ánimo con el que se mueve por un entorno desolador no es el común. “No he recobrado la fuerza durante la tregua porque nunca la perdí”, responde con naturalidad. “Cuando hay un bombardeo, me tomo magnesio y listo”, dice sonriendo.

Al término de la conversación, el eco de una detonación lejana se propaga entre las calles de la ciudad. Algunos curiosos se asoman a la Corniche, un paseo marítimo de siete kilómetros, donde los locales atienden a la puesta de sol diaria como una religión, y lo que ven al otro lado de la bahía es una humareda que se levanta sobre la zona de al-Bayada, bajo ocupación israelí. Un recordatorio de que, en cualquier momento, esas detonaciones pueden regresar a Tiro, señalando el hundimiento de la tregua.

En la ciudad, donde residen más de 150.000 personas, muchos asumen que la guerra abierta volverá en las próximas horas, después de dar en Pakistán algo de espacio al diálogo entre Estados Unidos e Irán —los respectivos aliados de Israel y Hezbolá— en el que no se confía para solucionar el frente libanés. La realidad es que la tregua, tal y como está planteada ahora, disgusta a ambos lados de la frontera.

A los residentes norteños de Israel y a su Gobierno, que había prometido una victoria final contra el grupo proiraní, que el brazo armado de Hezbolá siga vivo y operativo les impide cerrar el conflicto nuevamente en falso. Para la milicia, que el cese permita a Israel ocupar el 5% del territorio nacional —unos 500 kilómetros cuadrados, por 365 de la franja de Gaza— le parece una invitación para seguir luchando. Hezbolá, de hecho, reclama que Joseph Aoun, el presidente libanés, abandone las negociaciones con Israel, que el movimiento chií describe como “sumisión”. Un miembro del Departamento de Estado de EE UU ha indicado a la agencia AFP que ambos gobiernos retomarán contactos el jueves, después de un primer ensayo diplomático entre los respectivos embajadores en Estados Unidos.

Simulando la frontera interna con la que se ha adueñado de la mitad de la franja palestina, el ejército israelí ha dibujado una Línea Amarilla que resigue el entorno de los 55 municipios que tiene bajo ocupación en Líbano. Ahí, las tropas israelíes detonan de manera controlada edificio tras edificio, en unos ecos que también se propagan hasta Tiro.

Haidar Rasheed Said, agricultor de 56 años y manos fuertes, de las que cuelga un rosario, sabe bien lo que está sucediendo: “Damarr” (“devastación”). Lo repite una y otra vez cuando se le pregunta por el panorama de Majdal Zoun, su municipio, a cinco kilómetros de la frontera con Israel, al que regresó fugazmente con la llegada de la tregua para comprobar el estado de su hogar y de sus tractores. “No queda nada”, dice, más con gestos que con palabras, ante una aparente dificultad repentina para hablar. Coge aire. “Es la destrucción total. No es una cuestión de un par de días, sino de 15 meses consecutivos de ataques”, protesta. Se refiere al periodo, a partir de la tregua firmada en 2024, en el que Hezbolá no disparó un solo cohete mientras el ejército israelí, que siguió ocupando puntos del país, disparaba a diario, ampliando la destrucción e impidiendo la reconstrucción en aldeas como Majdal Zoun, cercanas a la frontera.

Según los diarios libaneses, que pierden la cuenta sobre las detonaciones en esos pueblos, las tropas israelíes han incendiado viviendas en Shamaa, Qantara o Tayr Harfa. Mientras a sus residentes les quema el pecho por tener que permanecer en la distancia, el ejército israelí también ha dinamitado una mezquita y un cementerio en Rashaf y un colegio en Khiam, informa l’Orient Today.

En Mais el Jabal, los soldados israelíes detonaron el martes un complejo deportivo y un día antes prendieron fuego a ambulancias de los equipos de defensa civil de Protección del Mensaje Islámico. Precisamente, Rasheed Said atiende a EL PAÍS desde las instalaciones de esa agrupación en Tiro, parcialmente reconvertidas en un centro para población desplazada. En el parking, las mujeres parlotean y los niños juegan a fútbol.

En su día, Rasheed Said fue uno de ellos. Cuando tenía cuatro años, asegura indignado, el ejército israelí entró en su pueblo y cometió una masacre. “Era 1974, y ni tan siquiera había nacido la resistencia”, dice en referencia a Hezbolá, fundada en 1982 con el apoyo de Irán. Señala lo ocurrido en Gaza y ve a Israel como algo inmutable, de un modo parecido al que muchos israelíes ven a sus enemigos regionales. “Quieren que tengamos miedo y que no luchemos, pero no cederemos aunque nos tengamos que morir todos”, proclama. “Y aunque dibujen líneas en el suelo, volveremos”, añade.

Fuera, herido por los ataques del último minuto tras la tregua, un vecino que prefiere no dar su nombre se distancia del convencimiento general, y entiende lo sucedido antes del cese como un aviso de lo que está por venir cuando regrese la guerra. “Israel, Hezbolá… he recogido a mi amigo muerto del suelo”, confiesa, recreando la acción. “¿Por qué? ¿Para qué? No lo entiendo”, admite, “Cada 10 años estamos igual”.

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