El poder de las lágrimas: qué ocurre en el cerebro cuando lloramos

¿Por qué lloramos? Expertos explican qué ocurre en el cerebro y el cuerpo

Salud y Familia

El poder de las lágrimas: qué ocurre en el cerebro cuando lloramos

Cada lágrima lleva emociones y tensiones que, al liberarse, favorecen la salud física y mental. Especialistas explican por qué.

¿Por qué lloramos? Expertos explican qué ocurre en el cerebro y el cuerpo

Niños, hombres y mujeres necesitan expresar sus emociones, y las lágrimas son una forma de hacerlo. (Foto Prensa Libre: Freepik)


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Las lágrimas son agua que, en su recorrido, limpia más de lo que se alcanza a ver. Esas gotitas saladas que, en ocasiones, pueden convertirse en pequeños ríos incontenibles no solo denotan tristeza, sino cualquier emoción intensa que necesita expresarse.

Desde la psicología, llorar no solo es signo de “sentirse mal”, sino una forma en que el cuerpo comunica, regula y procesa emociones que, a veces, se sienten muy grandes para ser expresadas únicamente con palabras.

“Las lágrimas emocionales son una respuesta natural del cerebro ante emociones intensas. Cuando vivimos situaciones que nos provocan tristeza, alegría, enojo, frustración o incluso alivio, nuestro sistema nervioso activa procesos físicos que ayudan a liberar la carga emocional”, explica Nancy Gálvez, psicóloga clínica y organizacional de Psicosalud NG.

A decir de la psicóloga Gilda Argueta, de la clínica Emotiva, se trata de una reacción neurológica que busca restaurar el equilibrio del cuerpo, pues crea una válvula de escape que libera presión y se activa ante emociones fuertes.

Cumplen una función reguladora, ya que contienen sustancias químicas como endorfinas, que funcionan como calmantes naturales; oxitocina, que está relacionada con el vínculo y el cuidado; y hormonas como el cortisol y la prolactina, relacionadas con el estrés”, explica.

Al llorar, se activan algunas áreas del cerebro relacionadas con las emociones, especialmente el sistema límbico, encargado de procesar lo que la persona está sintiendo.

“El cerebro interpreta que estamos viviendo una experiencia emocional significativa y el cuerpo responde liberando tensión. El llanto desencadena una respuesta psicofisiológica caracterizada por la activación del sistema nervioso parasimpático, un proceso asociado a la mitigación de la tensión emocional mediante la liberación de endorfinas y oxitocina (neurotransmisores que actúan como analgésicos naturales)”, detalla el médico Daniel Monterroso.

Por eso, tanto la tristeza profunda como la felicidad extrema representan para el cerebro lo mismo: un estado de sobrecarga emocional.

Sensación de calma

Independientemente de la emoción que detone las lágrimas, después de llorar las personas experimentan una sensación de alivio, tranquilidad, ligereza, claridad mental o calma.

“Nuestro estado de ánimo atraviesa un proceso que tanto la ciencia como la psicología reconocen como un efecto de catarsis y reinicio biológico, en el que se produce una explosión emocional acumulada, positiva o negativa, y mientras se exterioriza esa emoción, la tensión física desaparece”, explica Argueta.

Agrega que una persona que contiene las lágrimas es alguien que debe aprender a soltar. “Sostener nos hace más pesada la carga. Permitirse soltar esa carga será muy liberador; se sentirá más ligero”, asegura.

Según Gálvez, llorar puede ayudar a conectar con las emociones, en lugar de reprimirlas y, aunque hacerlo no resuelva un problema, sí puede reducir la carga emocional con la que se está enfrentando.

Incluso, asegura que las lágrimas no siempre reflejan tristeza, pues muchas veces hablan de humanidad, sensibilidad y necesidad de expresar los sentimientos. “Llorar no significa perder el control o debilidad, sino que es una muestra de que somos seres emocionales que necesitan sentir para procesar y sanar. El poder de las lágrimas está en que nos permiten expresar lo que muchas veces nos cuesta poner en palabras. Las lágrimas alivian, dan calma, conectan y humanizan”, asegura.

Permitir que los niños expresen sus emociones ayuda a romper prejuicios asociados con el llanto. (Foto Prensa Libre: Freepik)

“Los hombres sí lloran”

Culturalmente, algunos han relegado las lágrimas solo a las niñas y mujeres, al enseñar a los niños que “los hombres no lloran”. Se trata de una construcción social arraigada en el rol de género histórico, que ve las lágrimas como una señal de “debilidad” que no debe estar presente en quien es cabeza, protector y proveedor del hogar.

Pero llorar resulta necesario para todos: niños, adultos, hombres y mujeres. Reprimir el llanto a causa de estos prejuicios sociales puede desencadenar secuelas a nivel mental, físico y emocional, como la incapacidad de canalizar las emociones, lo que provoca acumulación de cortisol y adrenalina y deriva en dolores de cabeza, migrañas, tensión muscular, problemas digestivos y otros padecimientos.

Físicamente pueden aparecer consecuencias como sensibilidad en el sistema nervioso, somatización al sufrir dolores de cabeza, migraña, tensión muscular, sensación de presión en el pecho, problemas gastrointestinales, gastritis, reflujo y debilitamiento del sistema inmunológico, lo que provoca infecciones y problemas respiratorios”, explica Argueta.

Agrega que alguien que evita llorar también puede sentir apatía, sensación de vacío, ataques de pánico, depresión, bloqueo emocional, baja tolerancia a la frustración, culpa, dificultad para establecer vínculos íntimos y deterioro de la autoestima.

Gálvez resalta que reprimir constantemente las emociones puede aumentar la tensión emocional y física. “Algunas personas también desarrollan ansiedad, agotamiento emocional, insomnio o sensación de ‘estar cargando demasiado’. Esto no significa que debamos llorar todo el tiempo, pero sí permitirnos sentir”, dice.

¿Y si no puede llorar?

Es cierto que cada persona es diferente y tiene distintas formas de expresar sus emociones. La falta de lágrimas tampoco es muestra de “insensibilidad”, sino que podría estar vinculada con la personalidad, las experiencias de vida, la educación emocional, la cultura e, incluso, aspectos biológicos.

“Hay personas más sensibles emocionalmente y otras que expresan sus emociones de maneras diferentes. Llorar más o menos no define quién siente más; simplemente cada ser humano regula sus emociones de forma distinta, dice Gálvez.

Sin embargo, aunque las lágrimas no surjan, se pueden practicar otras vías de expresión. En ese sentido, Argueta recomienda escribir, dibujar, hablar con una persona de confianza en un espacio seguro y privado o, idealmente, con un profesional de la salud mental para compartir su historia y las situaciones con las que está lidiando.

Es importante evaluar si el llanto es constante y afecta otros aspectos de la vida, pues puede ser una señal de ansiedad o depresión. (Foto Prensa Libre: Freepik)

“Debemos tener claro que llorar demuestra madurez para identificar y aceptar las emociones. Más que demostrar ‘debilidad’, como nos hicieron creer, es un acto propio de personas valientes que están dispuestas a conocerse mejor tanto física como mental y emocionalmente”, concluye Argueta.

Señal de alerta

Aunque el llanto puede ser un mecanismo saludable de regulación y desahogo, no debe cruzar el límite que lo convierta en una señal de alarma asociada con trastornos como la ansiedad o la depresión.

Podemos detectar que ya no es saludable cuando el llanto es persistente, es decir, diario o varias veces al día durante dos o tres semanas consecutivas; cuando el estado emocional de la persona aumenta en vez de disminuir o mejorar; cuando llora sin un motivo o detonante aparente; cuando no hay sensación de desahogo, relajación o alivio y la angustia o la sensación de vacío continúan después de llorar; o cuando afecta la vida diaria e impide ejercer tareas y responsabilidades con normalidad”, explica Argueta.

Gálvez coincide y sugiere evaluar si el llanto es muy frecuente, intenso o aparece acompañado de síntomas como desesperanza, aislamiento, pérdida de interés por la vida, ansiedad intensa o dificultad para funcionar en la cotidianidad. “En estos casos podría ser importante buscar apoyo psicológico, porque el llanto ya no estaría funcionando como liberación emocional, sino como una manifestación de un malestar profundo”.

Si se observan estos comportamientos en alguien cercano o en uno mismo, las expertas consideran urgente buscar ayuda de un profesional de la salud mental para evitar que se conviertan en un cuadro mayor de depresión o ansiedad.

 Cada lágrima lleva emociones y tensiones que, al liberarse, favorecen la salud física y mental. Especialistas explican por qué.  

Salud y Familia

El poder de las lágrimas: qué ocurre en el cerebro cuando lloramos

Cada lágrima lleva emociones y tensiones que, al liberarse, favorecen la salud física y mental. Especialistas explican por qué.

¿Por qué lloramos? Expertos explican qué ocurre en el cerebro y el cuerpo

Niños, hombres y mujeres necesitan expresar sus emociones, y las lágrimas son una forma de hacerlo. (Foto Prensa Libre: Freepik)

Las lágrimas son agua que, en su recorrido, limpia más de lo que se alcanza a ver. Esas gotitas saladas que, en ocasiones, pueden convertirse en pequeños ríos incontenibles no solo denotan tristeza, sino cualquier emoción intensa que necesita expresarse.

Desde la psicología, llorar no solo es signo de “sentirse mal”, sino una forma en que el cuerpo comunica, regula y procesa emociones que, a veces, se sienten muy grandes para ser expresadas únicamente con palabras.

“Las lágrimas emocionales son una respuesta natural del cerebro ante emociones intensas. Cuando vivimos situaciones que nos provocan tristeza, alegría, enojo, frustración o incluso alivio, nuestro sistema nervioso activa procesos físicos que ayudan a liberar la carga emocional”, explica Nancy Gálvez, psicóloga clínica y organizacional de Psicosalud NG.

A decir de la psicóloga Gilda Argueta, de la clínica Emotiva, se trata de una reacción neurológica que busca restaurar el equilibrio del cuerpo, pues crea una válvula de escape que libera presión y se activa ante emociones fuertes.

Cumplen una función reguladora, ya que contienen sustancias químicas como endorfinas, que funcionan como calmantes naturales; oxitocina, que está relacionada con el vínculo y el cuidado; y hormonas como el cortisol y la prolactina, relacionadas con el estrés”, explica.

Al llorar, se activan algunas áreas del cerebro relacionadas con las emociones, especialmente el sistema límbico, encargado de procesar lo que la persona está sintiendo.

“El cerebro interpreta que estamos viviendo una experiencia emocional significativa y el cuerpo responde liberando tensión. El llanto desencadena una respuesta psicofisiológica caracterizada por la activación del sistema nervioso parasimpático, un proceso asociado a la mitigación de la tensión emocional mediante la liberación de endorfinas y oxitocina (neurotransmisores que actúan como analgésicos naturales)”, detalla el médico Daniel Monterroso.

Por eso, tanto la tristeza profunda como la felicidad extrema representan para el cerebro lo mismo: un estado de sobrecarga emocional.

Sensación de calma

Independientemente de la emoción que detone las lágrimas, después de llorar las personas experimentan una sensación de alivio, tranquilidad, ligereza, claridad mental o calma.

“Nuestro estado de ánimo atraviesa un proceso que tanto la ciencia como la psicología reconocen como un efecto de catarsis y reinicio biológico, en el que se produce una explosión emocional acumulada, positiva o negativa, y mientras se exterioriza esa emoción, la tensión física desaparece”, explica Argueta.

Agrega que una persona que contiene las lágrimas es alguien que debe aprender a soltar. “Sostener nos hace más pesada la carga. Permitirse soltar esa carga será muy liberador; se sentirá más ligero”, asegura.

Según Gálvez, llorar puede ayudar a conectar con las emociones, en lugar de reprimirlas y, aunque hacerlo no resuelva un problema, sí puede reducir la carga emocional con la que se está enfrentando.

Incluso, asegura que las lágrimas no siempre reflejan tristeza, pues muchas veces hablan de humanidad, sensibilidad y necesidad de expresar los sentimientos. “Llorar no significa perder el control o debilidad, sino que es una muestra de que somos seres emocionales que necesitan sentir para procesar y sanar. El poder de las lágrimas está en que nos permiten expresar lo que muchas veces nos cuesta poner en palabras. Las lágrimas alivian, dan calma, conectan y humanizan”, asegura.

Permitir que los niños expresen sus emociones ayuda a romper prejuicios asociados con el llanto. (Foto Prensa Libre: Freepik)

“Los hombres sí lloran”

Culturalmente, algunos han relegado las lágrimas solo a las niñas y mujeres, al enseñar a los niños que “los hombres no lloran”. Se trata de una construcción social arraigada en el rol de género histórico, que ve las lágrimas como una señal de “debilidad” que no debe estar presente en quien es cabeza, protector y proveedor del hogar.

Pero llorar resulta necesario para todos: niños, adultos, hombres y mujeres. Reprimir el llanto a causa de estos prejuicios sociales puede desencadenar secuelas a nivel mental, físico y emocional, como la incapacidad de canalizar las emociones, lo que provoca acumulación de cortisol y adrenalina y deriva en dolores de cabeza, migrañas, tensión muscular, problemas digestivos y otros padecimientos.

Físicamente pueden aparecer consecuencias como sensibilidad en el sistema nervioso, somatización al sufrir dolores de cabeza, migraña, tensión muscular, sensación de presión en el pecho, problemas gastrointestinales, gastritis, reflujo y debilitamiento del sistema inmunológico, lo que provoca infecciones y problemas respiratorios”, explica Argueta.

Agrega que alguien que evita llorar también puede sentir apatía, sensación de vacío, ataques de pánico, depresión, bloqueo emocional, baja tolerancia a la frustración, culpa, dificultad para establecer vínculos íntimos y deterioro de la autoestima.

Gálvez resalta que reprimir constantemente las emociones puede aumentar la tensión emocional y física. “Algunas personas también desarrollan ansiedad, agotamiento emocional, insomnio o sensación de ‘estar cargando demasiado’. Esto no significa que debamos llorar todo el tiempo, pero sí permitirnos sentir”, dice.

¿Y si no puede llorar?

Es cierto que cada persona es diferente y tiene distintas formas de expresar sus emociones. La falta de lágrimas tampoco es muestra de “insensibilidad”, sino que podría estar vinculada con la personalidad, las experiencias de vida, la educación emocional, la cultura e, incluso, aspectos biológicos.

“Hay personas más sensibles emocionalmente y otras que expresan sus emociones de maneras diferentes. Llorar más o menos no define quién siente más; simplemente cada ser humano regula sus emociones de forma distinta, dice Gálvez.

Sin embargo, aunque las lágrimas no surjan, se pueden practicar otras vías de expresión. En ese sentido, Argueta recomienda escribir, dibujar, hablar con una persona de confianza en un espacio seguro y privado o, idealmente, con un profesional de la salud mental para compartir su historia y las situaciones con las que está lidiando.

Es importante evaluar si el llanto es constante y afecta otros aspectos de la vida, pues puede ser una señal de ansiedad o depresión. (Foto Prensa Libre: Freepik)

“Debemos tener claro que llorar demuestra madurez para identificar y aceptar las emociones. Más que demostrar ‘debilidad’, como nos hicieron creer, es un acto propio de personas valientes que están dispuestas a conocerse mejor tanto física como mental y emocionalmente”, concluye Argueta.

Señal de alerta

Aunque el llanto puede ser un mecanismo saludable de regulación y desahogo, no debe cruzar el límite que lo convierta en una señal de alarma asociada con trastornos como la ansiedad o la depresión.

Podemos detectar que ya no es saludable cuando el llanto es persistente, es decir, diario o varias veces al día durante dos o tres semanas consecutivas; cuando el estado emocional de la persona aumenta en vez de disminuir o mejorar; cuando llora sin un motivo o detonante aparente; cuando no hay sensación de desahogo, relajación o alivio y la angustia o la sensación de vacío continúan después de llorar; o cuando afecta la vida diaria e impide ejercer tareas y responsabilidades con normalidad”, explica Argueta.

Gálvez coincide y sugiere evaluar si el llanto es muy frecuente, intenso o aparece acompañado de síntomas como desesperanza, aislamiento, pérdida de interés por la vida, ansiedad intensa o dificultad para funcionar en la cotidianidad. “En estos casos podría ser importante buscar apoyo psicológico, porque el llanto ya no estaría funcionando como liberación emocional, sino como una manifestación de un malestar profundo”.

Si se observan estos comportamientos en alguien cercano o en uno mismo, las expertas consideran urgente buscar ayuda de un profesional de la salud mental para evitar que se conviertan en un cuadro mayor de depresión o ansiedad.

ESCRITO POR:

Delia Franco

Periodista de Prensa Libre para el área de bienestar, cultura y tendencias. Con 10 años de experiencia en periodismo escrito y televisivo.

 Prensa Libre | Vida 

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