Ciudad de México se cuela en los oídos de quienes la habitan, quieran o no quieran. Y suena a ella, como ninguna. Es una de las diez con mayor contaminación acústica del mundo, por sus ríos de tráfico ―y la desconcertante compulsión por el claxon de quienes conducen―, y por las obras. Pero ese insalubre ruido de fondo no logra enmascarar del todo un paisaje sonoro que identifica y atraviesa la ciudad. No solo está en la calle, se mete en las casas y en los recuerdos, y la mezcla es única.
Aunque es una de las que sufre mayor contaminación acústica del mundo, la metrópoli concentra una identidad única en lo que se escucha
Ciudad de México se cuela en los oídos de quienes la habitan, quieran o no quieran. Y suena a ella, como ninguna. Es una de las diez con mayor contaminación acústica del mundo, por sus ríos de tráfico ―y la desconcertante compulsión por el claxon de quienes conducen―, y por las obras. Pero ese insalubre ruido de fondo no logra enmascarar del todo un paisaje sonoro que identifica y atraviesa la ciudad. No solo está en la calle, se mete en las casas y en los recuerdos, y la mezcla es única.
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