A Linett Kamala le llaman “la reina del sound system”. Fue la primera mujer en pinchar en el carnaval de Notting Hill allá por 1985, con solo quince años. Desde entonces ha actuado cada año en sus calles. Este año ha instalado un espacio de silencio en los jardines residenciales de St Stephen’s Gardens, un oasis de calma en medio de los dos millones de personas que se concentran en este barrio al oeste de Londres durante dos días. Este año el carnaval cumple sesenta años. “Puede venir la gente para relajarse y para conversar”, cuenta.
El festival callejero, que reúne a dos millones de personas en dos días, fue organizado por primera vez en 1966 tras una ola de ataques racistas contra los caribeños
A Linett Kamala le llaman “la reina del sound system”. Fue la primera mujer en pinchar en el carnaval de Notting Hill allá por 1985, con solo quince años. Desde entonces ha actuado cada año en sus calles. Este año ha instalado un espacio de silencio en los jardines residenciales de St Stephen’s Gardens, un oasis de calma en medio de los dos millones de personas que se concentran en este barrio al oeste de Londres durante dos días. Este año el carnaval cumple sesenta años. “Puede venir la gente para relajarse y para conversar”, cuenta.
Los jardines están rodeados por imponentes casas blancas victorianas y señoriales y por el ruido y la música expulsada por las montañas de bafles de los sound systems o discotecas callejeras. Hay más de cien discotecas instaladas por todo el barrio. Retumban los ritmos reggae, dub, soca, calipso. Kamala recuerda aquella primera vez que se subió a uno de estos escenarios con las tres mesas de mezclas. “Todo el mundo se reía porque nunca habían visto a una chica hacer de DJ, pero me acabé ganando a la gente”. Hace tres años una amiga suya que acudió a una exposición de fotos históricas del carnaval vio una foto expuesta de aquella primera actuación. “Cuando la vi me emocioné”, cuenta. En ella aparece Kamala con un micro hablando al público.
Desde estos jardines se puede ver la parte superior de las comparsas pasando por Chepstow Road, con las paredes de bafles, decorados con telas brillantes y banderas caribeñas. Detrás bailan los comparseros con enormes penachos de plumas de colores vivos. Entre la multitud está Michael Becket con su cámara de fotos. Es vecino del barrio y lleva fotografiando el carnaval desde sus inicios en 1966. Tiene 88 años. Trabajó toda su vida como periodista para el Daily Telegraph.

Becket recuerda los problemas de racismo con la llamada generación Windrush, que es como se conoce a los caribeños que llegaron al Reino Unido para reconstruir el país tras la Segunda Guerra Mundial. Se instalaron principalmente en la zona de North Kensington, que incluye Notting Hill.
“Yo vine a vivir aquí porque los precios eran asequibles”, explica Becket. Después el barrio se puso de moda por el éxito de la película Notting Hill en 1999 y la gente adinerada, especialmente estadounidenses, quiso ir a vivir cerca de la librería de Hugh Grant y los precios subieron. “Son los nuevos ricos del barrio los que se quejan del ruido y quieren que se lleven el carnaval a otra parte”, dice Becket.
Pero en los años cincuenta era un barrio superpoblado con escasez de vivienda y la extrema derecha y pandillas de teddy boys culparon a los afrocaribeños. En 1958 estalló una ola de ataques racistas. En 1959, el carpintero antiguano de 32 años Kelso Cochrane fue apuñalado por el color de su piel. La policía concluyó que solo fue un intento de robo. “La comisaría del barrio era muy racista en aquella época”, dice Becket, que es un gran defensor del carnaval.

La consternación por la muerte de Cochrane empujó a Claudia Jones a organizar un carnaval caribeño en un espacio cubierto, para tender puentes comunitarios y reafirmar la dignidad cultural caribeña frente a la violencia extrema. En 1966 la trabajadora social Rhaune Laslett organizó el primer carnaval oficial. En Westbourne Grove un mural gigante recuerda a Laslett y Jones, las madres del carnaval.
Krishauna Dixon, de 21 años, viene del sur de Londres y acaba de pasar los detectores de metales de Westbourne Grove y camina con una bandera jamaicana atada al cuello como una capa, junto a unas amigas santalucenses. “Desde pequeña, cada año vengo al carnaval —explica—. Tengo una tía que vive aquí, siempre seguíamos las comparsas e íbamos a su casa y nos quedábamos allí porque en su calle tenían su propia discoteca”. “Hace apenas una semana que regresé de unas vacaciones en Jamaica, y aquí me siento como en casa. Es una forma de representar a tu país, tus raíces y al Caribe en su conjunto. Nos encanta mantener viva esa tradición generacional”, cuenta.
La Policía Metropolitana y algunos parlamentarios conservadores han pedido trasladar el carnaval a un espacio cerrado o a un parque como Hyde Park porque, dicen, hay demasiada gente en muy poco espacio. Los organizadores del carnaval y colectivos afrocaribeños rechazan esta opción. Consideran que le arrancaría las raíces, destruiría su carácter histórico de resistencia de barrio y lo convertiría en un evento comercial privado.

“Llevo toda la vida viniendo y nunca he tenido problemas, son solo dos días al año, cada semana hay partidos de fútbol y festivales de música multitudinarios”, dice Krishauna. Festivales de música como Glastonbury y partidos de fútbol semanales suelen registrar tasas de arrestos parecidas o superiores al carnaval.
“Es algo que surgió de la propia comunidad. Si lo trasladas a otro lugar, pierde su esencia, se convierte en un festival convencional, dice Ilia Rogatchevski, junto a su pareja, Laura, y su hija de 7 años, Kitsuné, que lleva la cara pintada sobre una sonrisa y un silbato colgando del cuello. Es su primer carnaval. Hoy es el desfile infantil. Ilia es ruso y Laura inglesa. La última vez que estuvieron en el carnaval fue hace trece años, cuando todavía eran amigos. “Queríamos mostrarle a nuestra hija la celebración de la diversidad cultural de las comunidades afrocaribeñas establecidas en el Reino Unido. Es una mezcla de gastronomías, músicas y bebidas”, dice.
Ilia expone la necesidad de que se siga celebrando el carnaval aquí. En 1966 había un racismo extremo contra la comunidad afrocaribeña. “Sesenta años después —cuenta—, existe un peligro creciente de que partidos de extrema derecha y de corte fascista lleguen al poder. Ya están cambiando el discurso sobre quién puede y quién no puede pertenecer a este país. En cierto modo, existe el riesgo de retroceder a los problemas del pasado, y no podemos permitir que eso suceda”. Y el carnaval de Notting Hill es un recordatorio de la importancia de la tolerancia.
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