Los ciudadanos estadounidenses eligieron infligir al trumpismo una derrota de magnitudes humillantes. Donald Trump no estaba en las papeletas, pero él mismo convirtió el voto en un plebiscito y el resultado es un repudio a él, a sus políticas erráticas, al diabólico entramado de conexión entre su demagogia y los intereses de los tecnoligarcas, a la ineptitud y corrupción de su administración. No ha sido una simple derrota, sino una debacle. ¿Qué consecuencias tiene este resultado electoral para el resto del mundo?
El presidente mantiene amplios poderes en política exterior, pero la magnitud de la debacle en las ‘midterms’ altera cálculos geopolíticos y políticos a escala mundial
Los ciudadanos estadounidenses eligieron infligir al trumpismo una derrota de magnitudes humillantes. Donald Trump no estaba en las papeletas, pero él mismo convirtió el voto en un plebiscito y el resultado es un repudio a él, a sus políticas erráticas, al diabólico entramado de conexión entre su demagogia y los intereses de los tecnoligarcas, a la ineptitud y corrupción de su administración. No ha sido una simple derrota, sino una debacle. ¿Qué consecuencias tiene este resultado electoral para el resto del mundo?
El carácter mercurial del presidente hace especialmente compleja la tarea de predicción, pero abundan elementos de hecho que permiten cartografiar el nuevo escenario que se abre a partir de ahora. El mapa arroja perspectivas de cambios relevantes tanto en el plano geopolítico como en el político global.
Geopolítica
Como es notorio, el presidente concentra —por arquitectura constitucional y por praxis política— una cuota fundamental de los poderes en política exterior y es el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. Por lo tanto, la pérdida del control de ambas Cámaras no supone de por sí un viraje decisivo en clave geopolítica. No obstante, el mensaje político de las urnas tiene una contundencia que se hará notar.
Un ejemplo evidente es la guerra lanzada contra Irán. Una motivación clave de la derrota electoral es el descontento en la sociedad estadounidense por la subida de los precios, una llamarada a la que ha aportado una importante contribución el ataque contra Irán y sus consecuencias sobre el mercado energético. Otro elemento que ha aflorado en la campaña es el creciente rechazo al Israel de Netanyahu, hasta el punto de que en vísperas de los comicios Trump se sintió compelido a anunciar su intención de cortar la ayuda militar de unos 4.000 millones de dólares que EE UU brinda a Israel, en un implícito reconocimiento de la toxicidad de esa asociación.
Por otra parte, aunque el presidente sea el comandante en jefe, es el congreso quien controla el gasto, lo que no es un factor menor. El ataque contra Irán está produciendo un fuerte desgaste para las Fuerzas Armadas estadounidenses, no solo por el agotamiento de misiles interceptores, sino por la fatiga sufrida por la fuerza naval en la operación de bloqueo del estrecho de Ormuz para evitar la salida de buques iraníes. En esta ecuación entra el Congreso, que controla el dinero que se asigna al Pentágono. Y, si bien los demócratas no querrán ser el partido que impone penurias a los militares, es indudable que aplicarán presión en esta tesitura desde una posición de rechazo al aventurismo en el Golfo.
Aunque no se puede descartar que Trump decida reavivar los ataques a Irán dejándose convencer de nuevo por un Netanyahu que no desea otra cosa por sus propios cálculos de interés personal, la realidad es que esos tres factores prometen pesar mucho en las próximas decisiones del presidente sobre la guerra contra Irán.
Diferente es el caso de Ucrania. Aquí, Trump tendrá un incentivo en conseguir finalmente proyectar su imagen como pacificador —y de paso abrir las puertas a nuevos y suculentos negocios en Rusia para su familia y asociados antes de salir de la Casa Blanca—. Dispone de herramientas: la información de inteligencia que proporciona a Ucrania, el servicio de conexión satelital Starlink y las armas que ya no regala, pero sí vende, a Kiev son tres elementos con los cuales puede definir el devenir de la guerra, forzando, y mucho, la mano a Zelenski.
No obstante, aquí también, sus prerrogativas e intereses encuentran un nuevo tope. El Congreso estaba en contra de dejar a Ucrania en la cuneta ya en la anterior fase del segundo mandato de Trump. Pero la sumisión de tantos republicanos al trumpismo hegemónico hizo que el Parlamento no enseñara los dientes. Cabe pensar que, ahora, con mayoría demócrata y con unos republicanos que, sin duda, empiezan a pensar en el post-trumpismo, la ecuación cambia.
La ecuación cambia también porque los demás, en el mundo, ya huelen la debilidad de Trump. Y esto significa muchas cosas. Aunque quedan dos años largos y nada está escrito, es obvio que queda reforzada la perspectiva de un cambio en la Casa Blanca en 2028. Sería un craso error considerar que una victoria demócrata retrotraería el mundo a un tiempo que ha muerto, por ejemplo con la resurrección de la alianza transatlántica en su viejo formato. Pero es evidente que aquel sería un escenario muy diferente. Y todos tendrán a partir de hoy muy en cuenta esa perspectiva, tanto Ucrania en su resistencia, como Putin en su agresión. El canciller Merz dijo esta semana que Rusia perdió a 52.000 soldados en el mes de octubre, la mitad muertos y la otra mitad gravemente heridos. Son cifras difícilmente sostenibles. Tal vez esta dinámica, y aquella perspectiva política alterarán los planes de Putin. La derrota de Trump es un activo para la paz mucho más que su mediación asimétrica en favor del Kremlin.
En cuanto a China, no cabe esperar un cambio por parte de la Casa Blanca. Lo más probable es la continuación de la dinámica de estabilización que Trump ha buscado tras su fallida embestida arancelaria. No le queda otra. Lo que sí cambia es la percepción de Pekín de un presidente débil, distraído en aventuras absurdas, desde la dramática guerra contra Irán hasta la patética fijación con asuntos como la decoración urbana de Washington. Ojalá esto no espolee nefastas ideas de que es el momento adecuado para lanzar actos agresivos —¿un bloqueo naval?— contra Taiwán.
Un ámbito de riesgo potencial es Latinoamérica. Cabe imaginar que esta es la región en la cual Trump podría tratar de recuperar protagonismo, en línea con los postulados hegemónicos en el continente plasmados en la llamada doctrina Donroe. Cuba se halla en primera fila de los posibles objetivos. Un cambio de régimen en la isla podría ser vendido como un triunfo histórico. La extracción despiadada de los recursos venezolanos con la anuencia del régimen títere en el poder en Caracas es otra. Un ojo atento deberá prestarse a posibles acciones envalentonadas contra el narco, sea con la repetición de ejecuciones extrajudiciales en alta mar, sea con violaciones de la soberanía mexicana por medio de incursiones con drones.
Tradicionalmente los presidentes de salida y sin fuerza en el Congreso se concentran en política exterior para cimentar su legado —o satisfacer su ego—. No cabe duda de que Trump lo hará. No puede descartarse que su ego herido y no contenido en una Administración desprovista de figuras realmente dispuestas a limitarle acabe tomando decisiones destructivas. Pero es un hecho que fuertes elementos de constricción pesan finalmente sobre él.
Política
Las elecciones tienen también un impacto global en el plano meramente político. El durísimo golpe sufrido por el trumpismo es un mensaje a navegantes. Los abrazos del trumpismo matan a menudo últimamente —como han comprobado Orbán y Bolsonaro—. Pero es que ahora está en la UCI él mismo.
Esto tiene consecuencias en Europa, donde el trumpismo tenía como gran proyecto político cultivar la resistencia contra la UE, objetivo explicitado en la estrategia de seguridad nacional. Esto se hace más complejo ahora que Trump es a todas luces un activo tóxico. Conscientes de ello, varias formaciones de ultraderecha europea ya habían marcado distancia de Trump —Le Pen, desde hace mucho; Meloni, más recientemente—, pero otras se han mantenido más cerca de ese calor indecente —véase Vox o AfD—.
Otra consecuencia tiene que ver con la eficacia del contubernio demagogos-oligarcas de las nuevas tecnologías. El resultado de las midterms ofrece lecciones y consecuencias alrededor de la “ilustración oscura”, según el concepto de Arnaud Miranda. Los 450 millones que puso Musk sobre la mesa y toda la distorsión de su plataforma, X, esta vez no funcionaron. Tampoco funcionó la distorsión intentada por varias plataformas en la campaña en Brasil.
Cabe por otra parte intuir que desde hoy mismo empieza de lleno la carrera para definir el futuro del Partido Republicano, y que este resultado facilitará, si no una plena corrección, al menos un cierto viraje en algunas posiciones. Tal vez hoy sea el inicio del fin de una década de dominación trumpista del partido. Algunas ideas del magnate están para quedarse, pero cabe intuir que otras empezarán a ser discutidas y rechazadas. Esto, también, tendrá consecuencias en el resto del mundo.
Además —y tal vez, sobre todo—, la humillante derrota trumpista abre el camino a la esperanza. Los activos materiales —el dinero, las armas— son fundamentales. Pero los inmateriales —las palabras, las emociones— tienen una fuerza a veces imparable. Esto no puede ni debe considerarse como la definitiva salida de la pesadilla del nacionalpopulismo. Esa fuerza sigue boyante en muchos lugares, y la derrota de Trump se debe, sobre todo, a errores crasos de gestión de una Administración inepta y corrupta más que al hundimiento de sus postulados centrales. Pero en la derrota hay también aciertos de los demócratas, y el resultado abona la planta de la esperanza de todos los demócratas —no los militantes del partido de EE UU, sino todos aquellos que, en el mundo, creen en el modelo democrático que estaba bajo ataque en la principal potencia mundial—.
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