Desde su regreso a la Casa Blanca, Donald Trump ha puesto en práctica esa vieja máxima que dice que es mejor pedir perdón antes que permiso, salvo que el presidente de Estados Unidos nunca pide perdón.
El fallo tumba la decisión del patronato por no haber contado con el Congreso. No está claro en qué lugar queda la clausura de dos años dictada por el presidente de Estados Unidos
Desde su regreso a la Casa Blanca, Donald Trump ha puesto en práctica esa vieja máxima que dice que es mejor pedir perdón antes que permiso, salvo que el presidente de Estados Unidos nunca pide perdón.
La orden dada el viernes por un juez federal de Washington de retirar el nombre del republicano del Kennedy Center (KC), gran templo de la música y la ópera de la capital que Trump rebautizó sin pedir permiso, deja sumida en la incertidumbre a la institución cultural, zarandeada tras más de un año de intervención política desde el Gobierno.
La sentencia, de 94 páginas, no solo dice que Trump debería haber pasado por el Congreso para rebautizar el KC, sino que tampoco está autorizado a clausurarlo durante dos años para su reforma, como anunció unilateralmente en febrero. Es decir, algo menos de tres meses después de que el patronato del centro cultural, llenado a dedo de personas leales al presidente de Estados Unidos, aprobara por unanimidad que este pasaba a llamarse The Donald J. Trump and The John F. Kennedy Memorial Center for the Performing Arts.
La clausura estaba prevista a partir del 4 de julio, cuando el país haya celebrado el 250° aniversario de su independencia. El plan de Trump, según comunicó en un Truth publicado un domingo por la noche, era emprender una “reconstrucción completa” para transformar “un centro deteriorado, obsoleto y en mal estado, tanto financiera como estructuralmente, en un bastión de las artes, la música y el entretenimiento de clase mundial, mucho mejor de lo que jamás haya sido”.
En vista de ese anuncio, la institución, que, como todas las de su categoría, trabaja a meses, cuando no a años luz, empezó a prepararse para un cierre que ahora ha quedado en el aire. Ha habido despidos de trabajadores que tal vez ya no serán necesarios, cancelaciones de compromisos artísticos y aplazamiento de programas.
Trump reaccionó además al fallo del juez del viernes dando a entender que, en vista del revés a sus planes, se desentendía de ellos. Así que se podría dar la circunstancia de que el KC estuviera abierto la próxima temporada sin música que lo llenara. Tampoco ópera, dado que la compañía que usaba la institución como sede ya la ha abandonado en protesta por las injerencias de la Casa Blanca.
Un buen puñado de artistas también habían cancelado sus compromisos cuando Trump comunicó su intención de cerrar el KC; entre ellos, Philip Glass, uno de los grandes compositores estadounidenses vivos, que había compuesto una pieza sobre el presidente Abraham Lincoln con motivo del aniversario de la independencia que ahora se estrenará en el festival de Tanglewood, en la parte oriental de Massachusetts.
Ley de 1964
La sentencia del juez Christopher R. Cooper, nombrado por el presidente Barack Obama y confirmado por unanimidad por el Senado, fue recibida con airadas críticas y ataques personales de Trump al magistrado. Este basó su decisión en lo que dice la ley de 1964 que sirvió para fundar el KC en honor a Kennedy, asesinado dos meses antes. Esta dice que la institución “constituirá el único monumento conmemorativo nacional al difunto JFK dentro de la ciudad de Washington y sus alrededores”. Partiendo de esa provisión, la congresista demócrata Joyce Beatty (Ohio) interpuso la demanda. Beatty reconoció en ella la conveniencia de una reforma de las instalaciones, pero no la necesidad de cerrarlas para acometer esa renovación.
En su mensaje del viernes, Trump escribió: “Vamos a trabajar con el Congreso para transferirles esta institución fallida para que decidan qué hacer con ella. (…) A menos que tenga la libertad de hacer lo que mejor sé hacer, revivir esta institución, física, financiera y artísticamente, no tengo ningún interés en continuar lo que solo podría ser un viaje sin esperanza hacia el ‘País de Nunca Jamás”.
La toma del KC y la decisión unilateral de someterlo a reformas forman parte de una insólita campaña con la que Trump está inmiscuyéndose, desde su llegada a la Casa Blanca por segunda vez, en la política y la cultura locales de una ciudad que votó en más de un 90% por su rival en las elecciones, Kamala Harris. El presidente ha desplegado la Guardia Nacional, ha tirado el ala este de la Casa Blanca para construir un gigantesco salón de baile y ha prometido erigir un arco de triunfo, pese a las críticas de los activistas de la conservación del patrimonio y de los veteranos.
Casi todas sus iniciativas, que responden también a su pasado como constructor poco amigo de cumplir las reglas, han sido contestadas en los tribunales y, en algún caso, como en el del KC, paradas por un juez. En ninguno de ellos, eso ha impedido que Trump siga con sus planes. Mucho menos ha provocado que este pida perdón.
Feed MRSS-S Noticias
