¿Quién es Gilberto Adolfo Méndez Vides, Premio Nacional de Literatura 2025?
El escritor Méndez Vides comparte su historia, los retos enfrentados y el apoyo recibido para dar a conocer su obra. “Antes de que publicaran mi primera novela, ya había escrito ocho que nadie leyó”, compartió.
Gilberto Adolfo Méndez Vides es el Premio Nacional de Literatura 2025. (Foto Prensa Libre: MCD)
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Gilberto Adolfo Méndez Vides, conocido como Méndez Vides comparte casi a diario su contenido en sus redes sociales—Facebook, Instagram y TikTok—, en especial de temas literarios. Comparte con otros apasionados de la lectura, la mayoría jóvenes.
Estos últimos días ha pausado su actividad digital y literaria porque se ha llenado de llamadas y mensajes por el reconocimiento que recibió como Premio Nacional de Literatura 2025.
El Ministerio de Cultura y Deportes, a través del Acuerdo Ministerial 39-2026, le otorgó este reconocimiento. “El escritor guatemalteco, Adolfo Vides, oriundo de La Antigua Guatemala, ha sido reconocido con el máximo galardón de las letras en el país, en reconocimiento a una trayectoria sólida y constante, profundamente vinculada al pensamiento crítico, la creación literaria y la difusión cultural”, citó el comunicado oficial.
A lo largo de los años, Méndez Vides, nacido en 1956 ha construido una obra “generosa”, como él mismo la define, integrada por novelas, libros de cuentos y relatos que consolidan su lugar dentro del panorama literario guatemalteco contemporáneo.
Su esposa es la escritora María Elena Schlesinger. Tiene cinco hijas y nueve nietos. En esta entrevista comparte qué ha significado recibir la noticia del Premio Nacional de Literatura, así como parte de su historia.
—Usted nos comentaba que se ha sorprendido por la forma en que ha sido recibido este reconocimiento. ¿Cómo ha vivido estos días?
—He vuelto a encontrarme con mucha gente; incluso amigos a quienes no veía desde hace 20 o 30 años han reaparecido. Hoy mismo he recibido llamadas desde lugares muy lejanos, incluso desde California y El Cairo, así como de otros sitios donde tengo buenos amigos. He pasado estos días atendiendo llamadas.
Ha sido una experiencia muy grata. Además, en casa mi familia está muy contenta. Veo a mis hijas emocionadas y a mis nietos haciendo preguntas, tratando de entender de qué se trata todo esto. Eso ha convertido este evento, en lo personal, en una vivencia sumamente agradable.
—¿Qué significa este reconocimiento dentro de una trayectoria tan amplia como la suya?
—Uno no espera que lo festejen, pero cuando sucede, claro que llena de entusiasmo y alegría. No necesariamente por el hecho en sí, sino por las buenas vibras que despierta. Creo que es algo digno de mencionar y agradecer que el país tenga estos gestos.
Yo siempre he pensado en escribir literatura sin esperar nada a cambio. Pero cuando ocurren este tipo de eventos, uno siente que escogió el camino correcto y que, al final, hay una forma de aceptación.
—Usted creció en Antigua Guatemala, ¿en qué momento se traslada a la ciudad capital?
—Soy antigüeño puro. Toda mi infancia y juventud, hasta entrar a la universidad, transcurrieron en Antigua Guatemala. Cuando inicié mis estudios universitarios, viajaba todos los días de Antigua a la capital. Más adelante, por razones de trabajo y tiempo, tuve que establecer un segundo punto de residencia en la ciudad, pero nunca rompí mis vínculos con Antigua. Tengo mi casa allá y otro espacio en la capital, y me muevo según las necesidades laborales. Antigua siempre ha sido mi lugar.
También ha sido un refugio muy significativo. A principios de este siglo, la Municipalidad de Antigua Guatemala me concedió la Orden Rafael Landívar, un reconocimiento muy estimable. Para mí, que mi ciudad natal reconociera mi trabajo literario hace más de 25 años fue algo profundamente emotivo. Luego, en la ciudad de Guatemala, hace unos ocho o diez años, la Municipalidad me dedicó la Feria del Libro. Fueron momentos muy gratos, pero ahora que sea el país entero el que se fije en mi obra y en mi trabajo me llena de una satisfacción aún mayor. Ahora solo me falta el resto del mundo.

—¿Cómo fue su acercamiento a la literatura?
—Desde muy niño tuve esa inquietud. Tuve la dicha de nacer en una casa de lectores. Mi abuelo materno tenía una biblioteca enorme, hermosa, llena de libros hasta el techo, en una casa antigua. Él ya había fallecido cuando yo nací, pero la biblioteca seguía allí, igual que su retrato y su memoria. Para mí era como un lugar sagrado.
Incluso antes de saber leer, a los cuatro o cinco años, veía a los adultos siempre con un libro en la mano y quería entender qué había ahí. Fingía leer, me sentaba con los libros, aunque estuvieran de cabeza. Leer era una aspiración. Apenas aprendí, me convertí en un lector devoto.
Recuerdo que a los siete u ocho años, cuando me preguntaban qué quería de regalo de cumpleaños, yo pedía un libro. Fui solo a una pequeña librería-papelería de Antigua y compré mi primer libro. Regresé a casa sintiéndome mayor, con mi primer libro bajo el brazo. Así empecé a formar mi propia biblioteca.
Cuando la casa de mis abuelos tuvo que cambiar de destino y la biblioteca fue donada a la iglesia de San Francisco, yo sufrí muchísimo. Sentí que se iba una parte de mi infancia. Tal vez por eso, cuando pude, empecé a reconstruir mi biblioteca. La que tengo hoy es, en cierto modo, una réplica de aquella.
De la lectura a la escritura el paso fue natural. Leer tanto despierta el deseo de aportar algo nuevo. Comprendí que los libros tienen el poder de sorprender, y quise ser parte de ese proceso.
—¿Recuerda su primer intento como escritor?
—Claro. A los 12 años escribí una novela que se llamaba El profesional, una especie de thriller inspirado en lo que leía entonces. La mecanografié, la armé como pude y la envié a una editorial en México, ofreciéndoles el 50% de las ganancias. Una ingenuidad enorme. Dos meses después recibí una carta de rechazo, muy formal. Fue mi primer rechazo editorial y lo guardé durante años, porque para mí significaba que me habían tomado en serio.
En el colegio me di cuenta de que yo no encajaba del todo. A muchos les gustaba el deporte, la fiesta, y yo estaba en otro mundo. Eso me volvió más silencioso y reservado. Con el tiempo, ya en el bachillerato, encontré a personas con intereses similares. Formamos un grupo llamado Cuerpo sin Lugar. Compartíamos libros, música, escritos.
Publicamos nuestros primeros textos en El Imparcial. Luego el grupo se dispersó. Yo continué escribiendo y pasé a publicar durante muchos años en Prensa Libre, cuentos y luego una novela por entregas.
De ahí surgieron libros como El paraíso perdido y Las catacumbas, que ganó el Premio Latinoamericano de Novela en Nicaragua. Más adelante llegaron otros reconocimientos, como el Premio Mario Monteforte Toledo con la novela Las murallas.
Tuve la fortuna de contar con el respaldo de grandes maestros como Augusto Monterroso y Mario Monteforte Toledo. A ambos les debo el inicio serio de mi carrera literaria.
—¿Cómo ve la evolución de la literatura en Guatemala?
—La literatura en Guatemala nunca ha sido el problema. Tenemos escritores de primera línea, desde Miguel Ángel Asturias hasta muchos autores contemporáneos reconocidos internacionalmente. Vivimos en un país intenso, lleno de contrastes, lo cual es un terreno fértil para la creación.
Hay muchos jóvenes escribiendo, muchas mujeres incursionando en la literatura. La problemática del país no es un obstáculo, sino un estímulo. No todo lo que se escribe se publica, y eso es normal. Hay que escribir mucho, esperar, pulir, madurar.
Las condiciones para crear están dadas. Guatemala, para la literatura, se pinta sola.
—¿Qué mensaje le daría a la niñez y a las nuevas generaciones, en medio de la tecnología y las redes sociales?
—La tecnología llegó para quedarse. Lo que nos corresponde es adaptarnos. Las redes sociales también pueden ser herramientas. Yo leo tanto en digital como en papel.
@mendezvides #josemarti #literatura #historias #libros #fyp ♬ sonido original – Mendez Vides
No creo que la tecnología haya alejado a los jóvenes de la lectura. Al contrario, veo mucho interés. En mis redes sociales me sorprende que la mayoría de quienes me siguen sean jóvenes.
Leer no es una obligación. El que lee descubre un mundo fascinante. Quien no lee, quizá no siente que pierde algo. Pero cuando alguien descubre lo que hay detrás de las palabras, ya no se aparta de ahí.
La clave es la pasión. Nadie puede obligar a otro a leer. Solo se puede invitar: “probá”. La lectura ofrece experiencias profundas sin necesidad de nada más. Está al alcance de todos. El que busca, encuentra.
El escritor Méndez Vides comparte su historia, los retos enfrentados y el apoyo recibido para dar a conocer su obra. “Antes de que publicaran mi primera novela, ya había escrito ocho que nadie leyó”, compartió.
¿Quién es Gilberto Adolfo Méndez Vides, Premio Nacional de Literatura 2025?
El escritor Méndez Vides comparte su historia, los retos enfrentados y el apoyo recibido para dar a conocer su obra. “Antes de que publicaran mi primera novela, ya había escrito ocho que nadie leyó”, compartió.
Gilberto Adolfo Méndez Vides es el Premio Nacional de Literatura 2025. (Foto Prensa Libre: MCD)
Gilberto Adolfo Méndez Vides, conocido como Méndez Vides comparte casi a diario su contenido en sus redes sociales—Facebook, Instagram y TikTok—, en especial de temas literarios. Comparte con otros apasionados de la lectura, la mayoría jóvenes.
Estos últimos días ha pausado su actividad digital y literaria porque se ha llenado de llamadas y mensajes por el reconocimiento que recibió como Premio Nacional de Literatura 2025.
El Ministerio de Cultura y Deportes, a través del Acuerdo Ministerial 39-2026, le otorgó este reconocimiento. «El escritor guatemalteco, Adolfo Vides, oriundo de La Antigua Guatemala, ha sido reconocido con el máximo galardón de las letras en el país, en reconocimiento a una trayectoria sólida y constante, profundamente vinculada al pensamiento crítico, la creación literaria y la difusión cultural», citó el comunicado oficial.
A lo largo de los años, Méndez Vides, nacido en 1956 ha construido una obra “generosa”, como él mismo la define, integrada por novelas, libros de cuentos y relatos que consolidan su lugar dentro del panorama literario guatemalteco contemporáneo.
Su esposa es la escritora María Elena Schlesinger. Tiene cinco hijas y nueve nietos. En esta entrevista comparte qué ha significado recibir la noticia del Premio Nacional de Literatura, así como parte de su historia.
—Usted nos comentaba que se ha sorprendido por la forma en que ha sido recibido este reconocimiento. ¿Cómo ha vivido estos días?
—He vuelto a encontrarme con mucha gente; incluso amigos a quienes no veía desde hace 20 o 30 años han reaparecido. Hoy mismo he recibido llamadas desde lugares muy lejanos, incluso desde California y El Cairo, así como de otros sitios donde tengo buenos amigos. He pasado estos días atendiendo llamadas.
Ha sido una experiencia muy grata. Además, en casa mi familia está muy contenta. Veo a mis hijas emocionadas y a mis nietos haciendo preguntas, tratando de entender de qué se trata todo esto. Eso ha convertido este evento, en lo personal, en una vivencia sumamente agradable.
—¿Qué significa este reconocimiento dentro de una trayectoria tan amplia como la suya?
—Uno no espera que lo festejen, pero cuando sucede, claro que llena de entusiasmo y alegría. No necesariamente por el hecho en sí, sino por las buenas vibras que despierta. Creo que es algo digno de mencionar y agradecer que el país tenga estos gestos.
Yo siempre he pensado en escribir literatura sin esperar nada a cambio. Pero cuando ocurren este tipo de eventos, uno siente que escogió el camino correcto y que, al final, hay una forma de aceptación.
—Usted creció en Antigua Guatemala, ¿en qué momento se traslada a la ciudad capital?
—Soy antigüeño puro. Toda mi infancia y juventud, hasta entrar a la universidad, transcurrieron en Antigua Guatemala. Cuando inicié mis estudios universitarios, viajaba todos los días de Antigua a la capital. Más adelante, por razones de trabajo y tiempo, tuve que establecer un segundo punto de residencia en la ciudad, pero nunca rompí mis vínculos con Antigua. Tengo mi casa allá y otro espacio en la capital, y me muevo según las necesidades laborales. Antigua siempre ha sido mi lugar.
También ha sido un refugio muy significativo. A principios de este siglo, la Municipalidad de Antigua Guatemala me concedió la Orden Rafael Landívar, un reconocimiento muy estimable. Para mí, que mi ciudad natal reconociera mi trabajo literario hace más de 25 años fue algo profundamente emotivo. Luego, en la ciudad de Guatemala, hace unos ocho o diez años, la Municipalidad me dedicó la Feria del Libro. Fueron momentos muy gratos, pero ahora que sea el país entero el que se fije en mi obra y en mi trabajo me llena de una satisfacción aún mayor. Ahora solo me falta el resto del mundo.

—¿Cómo fue su acercamiento a la literatura?
—Desde muy niño tuve esa inquietud. Tuve la dicha de nacer en una casa de lectores. Mi abuelo materno tenía una biblioteca enorme, hermosa, llena de libros hasta el techo, en una casa antigua. Él ya había fallecido cuando yo nací, pero la biblioteca seguía allí, igual que su retrato y su memoria. Para mí era como un lugar sagrado.
Incluso antes de saber leer, a los cuatro o cinco años, veía a los adultos siempre con un libro en la mano y quería entender qué había ahí. Fingía leer, me sentaba con los libros, aunque estuvieran de cabeza. Leer era una aspiración. Apenas aprendí, me convertí en un lector devoto.
Recuerdo que a los siete u ocho años, cuando me preguntaban qué quería de regalo de cumpleaños, yo pedía un libro. Fui solo a una pequeña librería-papelería de Antigua y compré mi primer libro. Regresé a casa sintiéndome mayor, con mi primer libro bajo el brazo. Así empecé a formar mi propia biblioteca.
Cuando la casa de mis abuelos tuvo que cambiar de destino y la biblioteca fue donada a la iglesia de San Francisco, yo sufrí muchísimo. Sentí que se iba una parte de mi infancia. Tal vez por eso, cuando pude, empecé a reconstruir mi biblioteca. La que tengo hoy es, en cierto modo, una réplica de aquella.
De la lectura a la escritura el paso fue natural. Leer tanto despierta el deseo de aportar algo nuevo. Comprendí que los libros tienen el poder de sorprender, y quise ser parte de ese proceso.
—¿Recuerda su primer intento como escritor?
—Claro. A los 12 años escribí una novela que se llamaba El profesional, una especie de thriller inspirado en lo que leía entonces. La mecanografié, la armé como pude y la envié a una editorial en México, ofreciéndoles el 50% de las ganancias. Una ingenuidad enorme. Dos meses después recibí una carta de rechazo, muy formal. Fue mi primer rechazo editorial y lo guardé durante años, porque para mí significaba que me habían tomado en serio.
En el colegio me di cuenta de que yo no encajaba del todo. A muchos les gustaba el deporte, la fiesta, y yo estaba en otro mundo. Eso me volvió más silencioso y reservado. Con el tiempo, ya en el bachillerato, encontré a personas con intereses similares. Formamos un grupo llamado Cuerpo sin Lugar. Compartíamos libros, música, escritos.
Publicamos nuestros primeros textos en El Imparcial. Luego el grupo se dispersó. Yo continué escribiendo y pasé a publicar durante muchos años en Prensa Libre, cuentos y luego una novela por entregas.
De ahí surgieron libros como El paraíso perdido y Las catacumbas, que ganó el Premio Latinoamericano de Novela en Nicaragua. Más adelante llegaron otros reconocimientos, como el Premio Mario Monteforte Toledo con la novela Las murallas.
Tuve la fortuna de contar con el respaldo de grandes maestros como Augusto Monterroso y Mario Monteforte Toledo. A ambos les debo el inicio serio de mi carrera literaria.
—¿Cómo ve la evolución de la literatura en Guatemala?
—La literatura en Guatemala nunca ha sido el problema. Tenemos escritores de primera línea, desde Miguel Ángel Asturias hasta muchos autores contemporáneos reconocidos internacionalmente. Vivimos en un país intenso, lleno de contrastes, lo cual es un terreno fértil para la creación.
Hay muchos jóvenes escribiendo, muchas mujeres incursionando en la literatura. La problemática del país no es un obstáculo, sino un estímulo. No todo lo que se escribe se publica, y eso es normal. Hay que escribir mucho, esperar, pulir, madurar.
Las condiciones para crear están dadas. Guatemala, para la literatura, se pinta sola.
—¿Qué mensaje le daría a la niñez y a las nuevas generaciones, en medio de la tecnología y las redes sociales?
—La tecnología llegó para quedarse. Lo que nos corresponde es adaptarnos. Las redes sociales también pueden ser herramientas. Yo leo tanto en digital como en papel.
@mendezvides #josemarti #literatura #historias #libros #fyp ♬ sonido original – Mendez Vides
No creo que la tecnología haya alejado a los jóvenes de la lectura. Al contrario, veo mucho interés. En mis redes sociales me sorprende que la mayoría de quienes me siguen sean jóvenes.
Leer no es una obligación. El que lee descubre un mundo fascinante. Quien no lee, quizá no siente que pierde algo. Pero cuando alguien descubre lo que hay detrás de las palabras, ya no se aparta de ahí.
La clave es la pasión. Nadie puede obligar a otro a leer. Solo se puede invitar: “probá”. La lectura ofrece experiencias profundas sin necesidad de nada más. Está al alcance de todos. El que busca, encuentra.
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