El país más joven de Oriente Próximo es el que está redibujando los contornos de la región. Israel aún no existía cuando dos diplomáticos —el británico Mark Sykes y el francés François Georges-Picot— esbozaron en mayo de 1916 un mapa de influencias para repartirse las provincias del moribundo imperio otomano. En los pliegues de esos contornos mal trazados crecieron las semillas de un siglo de conflictos. El acuerdo inauguró la era del tutelaje francobritánico, bajo la máxima del divide et impera, enfrentando entre sí a las tribus árabes después de seducirlas con promesas de Estados nación.
El tándem Trump-Netanyahu cierra un siglo de tutelaje occidental en la región para imponer a Israel como poder hegemónico
El país más joven de Oriente Próximo es el que está redibujando los contornos de la región. Israel aún no existía cuando dos diplomáticos —el británico Mark Sykes y el francés François Georges-Picot— esbozaron en mayo de 1916 un mapa de influencias para repartirse las provincias del moribundo imperio otomano. En los pliegues de esos contornos mal trazados crecieron las semillas de un siglo de conflictos. El acuerdo inauguró la era del tutelaje francobritánico, bajo la máxima del divide et impera, enfrentando entre sí a las tribus árabes después de seducirlas con promesas de Estados nación.
Hoy, es el nuevo tándem integrado por Trump-Netanyahu el que ha reemplazado la regla y el cartabón de aquellos diplomáticos por misiles y drones para retrazar un nuevo Oriente Próximo. Al menos en dos ocasiones el orden establecido tras la I Guerra Mundial por Sykes-Picot se ha visto desafiado. La primera llegó con la creación del Estado de Israel en 1948, tras la partición de Palestina y la posterior ocupación de esta. La segunda, con las huestes del Estado Islámico, que en 2014 logró temporalmente borrar la línea fronteriza que separa Siria de Irak.
Con los últimos 29 meses de ofensiva llega una tercera. Israel ha bombardeado a siete países vecinos: Líbano, Siria, Irak, Irán, Qatar y Yemen, además de Gaza, y ocupado nuevos territorios en los dos primeros. Esta sacudida cartográfica también tiene una vertiente política que aspira a sentar un nuevo paradigma en la región. Pone fin a la era de tutelajes occidentales —primero francobritánico y después estadounidense— con la retirada de las tropas de Estados Unidos y abre otra donde se impone una Pax Israeliana con el Estado judío como nuevo poder hegemónico regional. Nuevas alianzas que recuperan viejas dinámicas colonialistas con tinte supremacista de dominación militar.
El contexto de Guerra Fría ha sido reemplazado por uno crecientemente multipolar en el que Estados Unidos se resiste a transitar y ceder su silla de líder mundial. A 9.500 km de distancia en línea recta desde Washington, Israel se prepara para liderar un nuevo Oriente Próximo. La irrupción de Donald Trump en la Casa Blanca armado con su doctrina MAGA y el aúpe de figuras de extrema derecha en el liderazgo de Europa han abierto lo que los halcones israelíes consideran “una oportunidad histórica única” para colmar las ambiciones expansionistas de la extrema derecha sionista.
Se trata no solo de consolidar la supremacía militar y tecnológica de Israel sobre sus vecinos —que salió victorioso en los dos mayores enfrentamientos arabo-israelíes de 1948, 1967 y en tablas en 1973—, sino de cambiar las alianzas regionales. Los Acuerdos de Abraham han servido de hoja de ruta por la que EE UU ha desplazado el foco de la comunidad internacional del reconocimiento de un Estado palestino, para colocar a Israel en el centro, y su reconocimiento por el resto de los países árabes, como nuevo objetivo.
El ataque de Hamás del 7 de octubre, lejos de hacer descarrilar estos acuerdos y afianzar el reciente acercamiento entre Riad y Teherán, ha dejado a las monarquías del Golfo entre la espada y la pared. La histórica competición entre los poderes suníes con el Irán chií por liderar el mundo musulmán ha sido la llama que Netanyahu y sus asesores han sabido alimentar en las últimas dos décadas para tejer una alianza táctica, convirtiendo a sus antaño enemigos en nuevos aliados.
Marruecos y Emiratos Árabes Unidos (EAU) ya se han perfilado como socios de Israel, a pesar de que la órbita de Netanyahu alimenta en paralelo el discurso islamófobo de sus otros aliados que representa la extrema derecha en Europa. Tres monarquías suníes —Jordania, Arabia Saudí y EAU— jugaron un papel clave en la defensa de Israel frente a la riposta con misiles de Irán durante los 12 días de guerra de 2025. No obstante, por ahora, participar en la ofensiva son ya palabras mayores.
El manido prisma de competición chií-suní ha resultado ser mucho menos determinante que la rivalidad entre dos de los tres grandes poderes no árabes de la región: Israel e Irán. El tercero, Turquía —miembro de la OTAN y que aún no ha movido ficha—, queda como el último competidor en pie de Israel. En esta ecuación, las dos teocracias musulmanas —el Riad suní y el Teherán chií— han terminado desplazadas en Oriente Próximo por el Estado judío.
La salida al fuego cruzado en el que se encuentran las monarquías del Golfo pasa por sumarse al bando de Israel. Una alianza difícilmente digerible por la opinión pública árabe, que tiene muy presentes las imágenes de decenas de miles de niños y niñas musulmanes matados de hambre, bombardeos o amputados por drones israelíes. Dentro de los palacios, los mandatarios de la región también tienen frescas en la memoria las llamadas primaveras árabesque desde 2011 han destronado a seis autócratas árabes –de Túnez, Egipto, Libia, Yemen, Sudán y Siria– y hundido sus países en la bancarrota o la guerra. La tercera vía la encarnan los países díscolos con el orden preestablecido: las potencias petroleras de Irak e Irán junto con la panarabista Siria. Una vía que les ha valido el consabido aciago final a Sadam Hussein, Ali Jameiní y Bachar el Asad ―que juntos computan 85 años de poder―.
El nuevo paradigma en ciernes se aleja de la diplomacia para volver a la ley del más fuerte: alinearse con Israel o ser eliminado —literal o económicamente—. Incluso aquellos que se han plegado al nuevo orden israelí, como Qatar o la nueva Siria, han sido bombardeados por cazas del Estado judío. Al igual que hicieran las viejas potencias europeas, la joven Israel recurre en Siria, Irán y Líbano a la misma estrategia de divide et impera, azuzando cismas ora entre chiíes y sunitas, ora entre tribus árabes frente a las kurdas, cristianas o drusas.
En el nuevo tándem, anclado en la política personalista y visión mesiánica de ambos líderes, es Netanyahu quien lidera la nueva estrategia en Oriente Próximo y quien ha convencido a Trump de descarrilar la vía diplomática atacando a un país mientras seguía sentado en la mesa de negociaciones. La Europa que fuera la arquitecta del Oriente Próximo que se desvanece entre cortinas de humo ha quedado fuera de la nueva ecuación. La decisión es de sus propios líderes, que han preferido dejarse arrastrar en la ola expansiva del belicoso dúo antes que defender el derecho internacional o los intereses europeos en la región.
La narrativa de Trump y Netanyahu sobre la necesidad de un cambio de régimen en Irán chirría a déjà vu, sobre todo a oídos iraníes que intentan librarse del régimen de los ayatolás pero no para que EE UU o el Mossad les impongan un nuevo Shah. No han olvidado la Operación Ajax por la que la CIA y el Servicio Secreto de Inteligencia británico MI6 restituyeron al Shah Mohammad Reza Pahlavi durante 25 largos años de represión y espolio de los recursos nacionales iraníes.
El pecado original fue el coup de 1953contra el primer ministro Mohamed Mosadegh cuando intentó nacionalizar el petróleo iraní. Lo que desencadenó eventualmente la revolución islámica de 1979 y, posteriormente, la cooptación de las milicias que respalda en la región. Siete décadas más tarde, los jóvenes iraníes se preguntan qué sería hoy de su país si espías británicos y norteamericanos no hubieran truncado su primer Gobierno democrático. Desde la perspectiva histórica, el intento actual de cambio de régimen en Irán es, en esencia, un conato tardío para deshacer las consecuencias del golpe de 1953.
Nada sugiere que volver a imponer un nuevo orden en la región por las armas vaya a ofrecer en 2026 un desenlace distinto al de un siglo atrás.
Feed MRSS-S Noticias
