
Bruselas presume de monumentos icónicos como el Manneken Pis o el Atomium, por no hablar de su espectacular Grand Place. Desde este verano, tiene otro referente, aunque no sea precisamente fuente de orgullo ni para una ciudad tan dada al surrealismo como la capital belga: es la “sartén más grande de Europa”, como no han tardado en bautizar los bruselenses, con su característico zwanze o humor sarcástico, a la plaza Schuman, en pleno corazón del barrio europeo.
La fallida rehabilitación de una plaza en pleno barrio de la UE, que ha quedado como un páramo de hormigón, cuestiona el urbanismo actual en pleno cambio climático
Bruselas presume de monumentos icónicos como el Manneken Pis o el Atomium, por no hablar de su espectacular Grand Place. Desde este verano, tiene otro referente, aunque no sea precisamente fuente de orgullo ni para una ciudad tan dada al surrealismo como la capital belga: es la “sartén más grande de Europa”, como no han tardado en bautizar los bruselenses, con su característico zwanze o humor sarcástico, a la plaza Schuman, en pleno corazón del barrio europeo.
Tras una larga rehabilitación aún no concluida, pero ya dada por fracasada, la plaza, flanqueada por la Comisión Europea, el Consejo Europeo y el Servicio de Acción Exterior de la UE y, por tanto, de paso obligado para todo el que visite o trabaje en instituciones europeas, se ha convertido en una extensión absurda de hormigón, sin espacios para sentarse ni protegerse de los elementos en una parte de la ciudad ya de por sí gris y dura, con más banderas europeas que árboles en sus calles. Y así, en vez de convertirse en el proyectado lugar de encuentro humanista en el corazón de la UE, ha acabado siendo un referente del fracaso del urbanismo y las políticas medioambientales frente al galopante cambio climático, tanto a nivel local como europeo. Sobre todo en un verano en el que Bélgica, como buena parte de Europa, lleva ya varias olas de calor récord que han evidenciado la falta de preparación de las ciudades ante temperaturas extremas.
La plaza va a ser usada “como símbolo del fracaso de la ciudad, del fracaso de la nación y, hasta cierto punto, del fracaso de Europa”, ha advertido el arquitecto principal del proyecto, Francis De Wolf.

Su frustración es comprensible: el proyecto original quedó literalmente decapitado después de que las autoridades locales decidieran no instalar la futurista marquesina de acero ovalada y recubierta de césped que debía coronar la plaza, dándole carácter y, sobre todo, sentido: la idea era convertir Schuman, hasta entonces un desangelado espacio rodeado de intenso tráfico, en una amplia zona peatonal donde la gente pudiera reunirse para charlar o descansar, o sencillamente protegerse del sol en verano. O de la lluvia que, de media, azota la capital belga 200 días al año.
“Nos hemos convertido en el hazmerreír de Europa”, lamenta por teléfono el diputado socialista bruselense Pascal Smet. La plaza Schuman, explica este antiguo responsable de urbanismo de la capital belga que lanzó el proyecto original, es la “tarjeta de visita” de Bélgica, dado que por ahí pasan todos los jefes de Estado y de gobierno, ministros y altos responsables cada vez que se reúnen en Bruselas. “Es probablemente la plaza más filmada de Europa”, señala. Y ahora, se teme, la más ridiculizada.
Los problemas comenzaron poco después de arrancar las obras, a finales de 2023, tras un largo proceso de selección del proyecto, difícil de por sí: bajo la plaza hay un túnel y una estación de tren y metro, lo que dificulta la construcción y hace imposible plantar árboles grandes. Tras las elecciones europeas de junio de 2024, que en Bélgica también fueron nacionales y regionales, Bruselas estuvo sin gobierno 600 días. Mientras se negociaba un gabinete, las obras en Schuman sobrepasaron el presupuesto inicial de 32 millones de euros. Pero al no tener gobierno, no se podían desbloquear más fondos.
En una maniobra desesperada, las autoridades locales en funciones enviaron el año pasado una solicitud de “contribución financiera conjunta” a las instituciones europeas que estas interpretaron como un intento de extorsión: según fuentes conocedoras de la misiva, se amenazaba con dejar sin acabar unas obras que entorpecían el paso a los principales edificios de la UE. Tras el no rotundo de la UE, se optó por cortar por lo sano y acabar la obra sin su elemento principal y más costoso, la marquesina. Pero entonces comenzaron las protestas, sobre todo en este verano que ha demostrado lo invivible que es este espacio malamente remodelado.
Entre las voces más críticas está la de Smet, que ha lanzado una petición online para reclamar que se vuelva a instalar la marquesina original “que confiere a esta plaza su dimensión simbólica como espacio de encuentro y diálogo en el corazón de Europa”. Conscientes de la creciente presión social y mediática —las mofas por la “sartén europea” han sido recurrentes en la prensa local e internacional—, se acaba de anunciar que en otoño se examinarán proyectos para un nuevo “plan marquesinas” para Bruselas. “Es una respuesta concreta a las lecciones extraídas del proyecto de la rotonda de Schuman”, aseguró la actual responsable en Bruselas de planificación urbana, Audrey Henry. No hay, sin embargo, aún detalles y políticos como Smet temen que las obras puedan alargarse más aún. Mientras tanto, la plaza de la UE seguirá siendo un páramo gris que espanta hasta a los más euroentusiastas.
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