La guerra económica de Israel deja en Cisjordania tres días semanales de colegio y sueldos al 60%

Los gemelos Muhamad y Ahmed al Hajj, de 10 años, aman Zenabia, la escuela en la ciudad palestina de Nablus a la que fueron trasladados tras sufrir acoso. Solo pueden ir, sin embargo, los tres días por semana que abre. Los otros dos se los pasan en casa, solos y “todo el tiempo en el móvil”, cuenta su padre, Abu Zaid al Hajj. Su situación no es consecuencia de falta de profesorado o reformas ocasionales, sino del recrudecimiento de la guerra económica que libra Israel desde hace años contra la Autoridad Nacional Palestina (ANP), en paralelo a la territorial. Su artífice es Bezalel Smotrich, el ultranacionalista ministro de Finanzas de Benjamín Netanyahu que lidera la anexión de facto de Cisjordania, con el objetivo declarado de “hacer imposible la idea de un Estado palestino” y la reapertura del registro de tierras como última medida.

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 La educación pública padece la creciente retención de fondos correspondientes a la ANP, recrudecida por Smotrich, el influyente ministro de Netanyahu que quiere hacer imposible un Estado palestino  

Los gemelos Muhamad y Ahmed al Hajj, de 10 años, aman Zenabia, la escuela en la ciudad palestina de Nablus a la que fueron trasladados tras sufrir acoso. Solo pueden ir, sin embargo, los tres días por semana que abre. Los otros dos se los pasan en casa, solos y “todo el tiempo en el móvil”, cuenta su padre, Abu Zaid al Hajj. Su situación no es consecuencia de falta de profesorado o reformas ocasionales, sino del recrudecimiento de la guerra económica que libra Israel desde hace años contra la Autoridad Nacional Palestina (ANP), en paralelo a la territorial. Su artífice es Bezalel Smotrich, el ultranacionalista ministro de Finanzas de Benjamín Netanyahu que lidera la anexión de facto de Cisjordania, con el objetivo declarado de “hacer imposible la idea de un Estado palestino” y la reapertura del registro de tierras como última medida.

La ANP, nacida de los Acuerdos de Oslo en los años noventa del siglo pasado, ejerce un autogobierno limitado en menos de la mitad de Cisjordania. Aunque cada vez más vaciada de prerrogativas y prestigio, sigue encargada de cuadrar el sudoku de pagar los salarios de los empleados públicos (policías, maestros, limpiadores, sanitarios…) sin controlar plenamente ni el grifo de los ingresos, ni el territorio, que Israel ocupa militarmente desde hace más de medio siglo. Más bien gestiona una economía casi en bancarrota que la ayuda internacional mantiene con respirador.

En 2019, Israel comenzó a quedarse con una parte de los fondos que los Acuerdos de Oslo le obligan a transferir a la ANP. Se trata de los impuestos que pagan los palestinos que trabajan en Israel y de los aranceles sobre las mercancías que llegan por puertos israelíes y acaban en zonas gobernadas por la ANP. Sucede así porque no controla puertos, aeropuertos o cruces terrestres.

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Israel se queda cada año con 500 millones de shekels anuales (136 millones de euros) por deudas o en represalia por los subsidios que la ANP da a las familias de los miles de palestinos en cárceles israelíes. Israel suele describirlos como un “premio por matar judíos” porque van también a las de autores de atentados en el marco del conflicto de Oriente Próximo. Por presión de EE UU, el presidente palestino, Mahmud Abbas, anuló el fondo el año pasado, pero el Ejecutivo de Netanyahu considera que es una fachada y que el pago continúa por otra vía, por lo que sigue descontando la cantidad.

Smotrich retiene además desde el año pasado otros 53 millones de euros al mes, con el argumento de que la ANP apoyó “las horribles masacres» que cometió “la organización terrorista nazi Hamás” en su ataque de 2023. Es el monto que destinaba mensualmente a pagar los sueldos o pensiones de sus funcionarios en Gaza (inactivos desde que Hamás tomó por la fuerza a la ANP el poder en 2007) y el suministro de electricidad y agua.

En total, desde enero de 2019, Israel se ha quedado con el equivalente a unos 3.700 millones de euros y lleva 10 meses sin traspasarle “un solo centavo” de sus fondos, según advirtió este jueves el ministro palestino de Finanzas y Planificación, Estephan Salameh. “La situación se ha vuelto extremadamente peligrosa y amenaza nuestra capacidad para brindar servicios básicos”, recalcó. El ministro señaló que la ANP cerró 2025 con una deuda de 13.000 millones de euros y prevé que 2026 sea “el año más difícil financieramente en su historia”.

Acuerdo

El problema no es nuevo, solo más agudo. Hace tiempo que las cuentas no salen, y menos ahora, con el descenso del apoyo de los donantes extranjeros. Los funcionarios cobran la mitad del salario y están aún a la espera de recibir noviembre y diciembre íntegros.

Los profesores, en concreto, llevan años recurriendo a huelgas ante pagos parciales, promesas incumplidas e incluso meses enteros sin cobrar. La ANP alcanzó finalmente con ellos el acuerdo que ha transformado las vidas de Muhamad, de Ahmed y de otros cientos de miles de niños: como solo hay dinero para un 60% de los salarios, imparten el tiempo de clase equivalente (tres días por semana), en un modelo híbrido que combina aprendizaje a distancia y presencial. El colegio Zenabia mantiene las horas lectivas de lengua árabe, matemáticas e inglés, en detrimento de asignaturas como ciencias, que “apenas se imparte”, admite su directora, Aisha al Jatib.

El acuerdo aplica a las escuelas públicas, que absorben el 79% de los cerca de 800.000 alumnos en Cisjordania. Al Jatib calcula que entre un 5% y un 10% las han abandonado por la situación. Una parte, para matricularse en la privada, que sigue abriendo cinco días por semana.

Huida de alumnos

Eman Dababae no se lo puede plantear siquiera para Zaid, su hijo de 10 años. “Está fuera de nuestras posibilidades”, admite. “Nunca he llegado a mirar cuánto cuestan, porque sé que es mucho. Vivimos en línea con la situación en la que estamos”. Se nota ―y muchos lo repiten― que Zaid es el aplicado de la clase. Con más timidez que pedantería, explica que aprovecha los dos días sin aula para escribir en el traductor de Google palabras en árabe que desconoce en inglés, su asignatura favorita. Quiere adquirir un nivel que le permita estudiar algún día Medicina en una universidad de Estados Unidos.

Su sueño afronta innumerables barreras. Entre ellas, el golpe económico que ha supuesto para su familia otra decisión de las autoridades israelíes a raíz del ataque de Hamás: la anulación de golpe de los permisos de ingreso a los más de 120.000 cisjordanos que solían cruzar a diario para trabajar en la construcción, la agricultura o la hostelería. Suponían un quinto de los cisjordanos con trabajo y sus ingresos representaban el equivalente al 31% del PIB del territorio.

De la noche a la mañana, se convirtieron en sospechosos de aprovechar sus días en Israel para recabar información, aunque (en una decisión tan política como aparentemente paradójica) mantuvieron el permiso las decenas de miles destinados a asentamientos judíos de Cisjordania o polígonos industriales. O dedicados a tareas consideradas vitales, como preparar comida para los soldados que invadían Gaza.

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El padre de Zaid fue uno de los que perdió entonces el trabajo. El matrimonio pasó de ingresar 12.000 shekels mensuales (3.270 euros) a tener que apañarse con 2.000 (545), explica Dababae. La mitad se va en el alquiler y 500 shekels, en pagar facturas, así que solo les quedan otros 500 para alimentar a la familia hasta final de mes.

Tamara Shtaye es madre y profesora de inglés en Zenabia, por lo que ha visto de primera mano cómo el tijeretazo educativo ha “reducido el nivel general” y “agrandado las diferencias” entre alumnos. No solo porque falta tiempo para completar el currículo, sino porque los descentra, a ellos y a sus familias. “Los alumnos necesitan una rutina educativa, también para su desarrollo personal”, argumenta. La suma del cierre por la epidemia de covid, el actual apaño del 60% y los cierres puntuales de las escuelas por redadas militares israelíes dan “cinco años de deterioro educativo”, señala.

Sigue trabajando, pese a recibir solo el 60% de los 2.500 shekels (684 euros) que cobraba al mes, un sueldo ya modesto antes del recorte. Intenta compensar el agujero con la venta online de productos, explica.

Otros, sobre todo los hombres, lo han dejado, para probar suerte en trabajos manuales que ofrecen más de los 400 euros a los que quedó reducido su salario y con los que debían costearse el transporte. En Cisjordania, el litro de gasolina 95 está a 1,8 euros.

A la asfixia económica israelí se añade la territorial. El gobernador de Nablus, Ghassan Daghlas, asegura en su despacho que colonos violentos de la zona han atacado tres escuelas en dos meses solo en la región. La última, en la aldea de Yalud. Un aula apareció quemada con pintadas en hebreo, como la palabra venganza junto a una estrella de David.

“A veces los profesores no van porque no tienen dinero para llegar al lugar del trabajo o temen los ataques de los colonos”, lamenta a su lado Mahmud Al Alul, un histórico de la Organización para la Liberación de Palestina que integra hoy su Comité Central y vicepreside el partido Al Fatah de Abbas. “Hemos intentado recurrir a la enseñanza a distancia, pero la verdad es que no es equiparable a la presencial”.

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