Irán mantiene su capacidad de atacar con misiles tras un mes de guerra

Dos días antes de que los ejércitos de Estados Unidos e Israel iniciasen una ofensiva coordinada contra el régimen de Irán el pasado 28 de febrero, el ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, concedió una entrevista a una reportera india. En la charla, Araghchi afirmó que Teherán había limitado el alcance de sus misiles hasta los 2.000 kilómetros. “No queremos ser una amenaza global, es solo para defendernos”, le confesó Araghchi. Ese rango de vuelo hasta el impacto, que hace ya un lustro impuso el entonces líder supremo del país, Ali Jameneí, es suficiente para tener a tiro a Israel y a los vecinos del Golfo, pero deja fuera a la mayor parte de Europa.

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 La ofensiva de EE UU e Israel no logra aniquilar uno de los pilares militares de Teherán, que lanza proyectiles a diario. El ataque a la isla de Diego García en el Índico alerta sobre el alcance de su arsenal  

Dos días antes de que los ejércitos de Estados Unidos e Israel iniciasen una ofensiva coordinada contra el régimen de Irán el pasado 28 de febrero, el ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, concedió una entrevista a una reportera india. En la charla, Araghchi afirmó que Teherán había limitado el alcance de sus misiles hasta los 2.000 kilómetros. “No queremos ser una amenaza global, es solo para defendernos”, le confesó Araghchi. Ese rango de vuelo hasta el impacto, que hace ya un lustro impuso el entonces líder supremo del país, Ali Jameneí, es suficiente para tener a tiro a Israel y a los vecinos del Golfo, pero deja fuera a la mayor parte de Europa.

El eco de las palabras de Araghchi se esfumó el pasado día 20, cuando dos proyectiles volaron hacia la isla Diego García (en el Índico), donde Estados Unidos y el Reino Unido comparten una base militar. La distancia más corta entre Irán y la isla es de 4.000 kilómetros. Toda una llamada de atención —varias capitales europeas están más cerca—, quizá simbólica, de uno de los puntales de la identidad del régimen iraní: la potencia de sus misiles.

El misterio en torno al programa iraní de misiles balísticos, capaces de montar carga nuclear y cuya trayectoria curva hacia la atmósfera permite recorrer mayores distancias, es parte de su fuerza. En las cosas de la guerra, el secretismo es un arma. Las cifras sobre las que hay cierto consenso entre analistas y servicios de inteligencia son estas: antes de que los aviones de Estados Unidos e Israel lanzasen sus bombas contra el programa atómico iraní en junio del pasado año, Teherán contaba con alrededor de 3.000 misiles balísticos. Jameneí ordenó responder y, en 12 días de confrontación, sus fuerzas armadas enviaron 550 de estos proyectiles hacia territorio israelí.

Según el Instituto de Estudios de Seguridad Nacional, con sede en Tel Aviv, el régimen iraní ha lanzado en torno a 550 misiles hacia Israel desde el pasado 28 de febrero, por otros 1.100 hacia los países del Golfo. La mayoría de ellos son balísticos. El sumatorio deja claro que Teherán contaría hoy con en torno a un millar de unidades de este tipo de misiles —se desconoce el número de los proyectiles de crucero operativos—. Pero la opacidad debida en este tipo de cuestiones militares hace que las cifras puedan variar en cientos o miles, algo de importancia suma en el campo de batalla.

Cabe poca duda de que la ofensiva ha dañado las capacidades militares iraníes. Cuánto lo ha hecho es clave para entender lo que venga. El almirante Brad Cooper, al frente del mando de operaciones estadounidense en la región, señaló el miércoles que, entre los 10.000 objetivos alcanzados este mes, sus hombres habían dañado o destruido el 90% de las lanzaderas de misiles —200 de un total de 470, según la información militar israelí— y drones del enemigo, así como dos tercios de los centros de producción, como las instalaciones de la empresa siderúrgica Mobarakeh, en Isfahán.

El viernes, no obstante, la agencia de noticias Reuters informó a partir de cinco fuentes con conocimiento en la información de inteligencia de Estados Unidos que Washington solo puede determinar con certeza la destrucción de aproximadamente un tercio del arsenal de misiles iraní.

Irán es la mayor potencia en este tipo de munición en la región y por este motivo, Washington ha situado sus misiles muy cerca del centro de la mesa de negociaciones. La Administración estadounidense quiere que el régimen se deshaga de una de sus señas de identidad en la defensa militar del país. Y si no fue por las buenas, ahora es por las malas. Buena prueba de ello es que la mayoría de la información de los partes de guerra estadounidenses e israelíes hablan de bombardeos contra el aparato balístico iraní. Esto no quiere decir, de nuevo, que el ejército o la Guardia Revolucionaria hayan agotado sus arsenales. No hay día en el que Teherán no use sus misiles para atacar.

Si bien las capacidades de Estados Unidos e Israel son muy superiores, el estrés ocasionado por el martilleo constante de los proyectiles iraníes amenaza además con agotar los interceptores y defensas de sus contrincantes, como señalaba este martes el centro de análisis RUSI.

Las gráficas de lanzamientos iraníes muestran sin duda una clara tendencia descendente. Sirva como ejemplo Emiratos Árabes Unidos, el objetivo más machacado por la maquinaria militar iraní después de Israel. Según el conteo del Instituto para el Estudio de la Guerra, el primer día de esta escalada, Emiratos tuvo que hacer frente a 137 misiles, por 15 que volaron hacia su territorio el jueves, una cifra en modo alguno despreciable. Como tampoco lo son las oleadas diarias de proyectiles que tratan de sortear y sortean en ocasiones el sistema de defensa israelí Cúpula de Hierro a través de cabezas con munición de racimo.

“No conviene confundir comportamiento con capacidades”, señala en conversación telefónica Jason H. Campbell, analista del Middle East Institute, que sostiene que Teherán aún tiene fuerza misilística. “Si reducen a la mitad el número de ataques con misiles o drones, no significa definitivamente que sea porque no son capaces de hacerlo. Para que Irán sea efectivo, no necesita causar una masacre en Israel o en toda la región. Necesita demostrar que aún puede disparar misiles o drones con precisión y en el momento que elija”, continúa Campbell. Este experto en seguridad y defensa aclara, además, que algunas de las lanzaderas destruidas por los dos aliados eran señuelos y que Irán mantiene aún baterías móviles o bajo tierra.

Teherán ha defendido en las primeras semanas de guerra que su ejército estaba usando misiles que llevaban en los arsenales una década, lo más viejos. No obstante, y debido a la presión de los bombardeos de Estados Unidos e Israel y a la duración de las hostilidades, Irán se ha visto obligado a sacar del armario modelos más nuevos como los Sejjil, Khorramshahr o Kheibar Shekan, de alcance medio (1.000-3.000 kilómetros) y con objetivo Israel. Los de corto alcance (300-1.000 kilómetros), como los de la familia de los Fateh o Shahab, han sido los elegidos para tratar de saturar las defensas de los aliados de Washington en el Golfo.

Como señalaba Jason H. Campbell, una de las prioridades del aparato balístico iraní en los últimos años ha sido la precisión de su munición y no tanto la cantidad. Es por esto por lo que, para tranquilizar a sus adversarios, el régimen de Jameneí se autoimpuso el límite de alcance de los 2.000 kilómetros. Como es costumbre, Teherán no ha confirmado la autoría del lanzamiento el pasado día 20 de dos misiles hacia la isla Diego García. Uno de ellos falló en pleno vuelo y el otro cayó, probablemente interceptado por las defensas antiaéreas. Entre los sospechosos de tal ataque está la última versión del Khorramshahr, aunque los analistas consultados optan más por la modificación de un misil menor o de un modelo espacial.

“Los misiles a Diego García han demostrado que los iraníes pueden modificar ciertas partes de sus misiles balísticos de alcance intermedio, con un rango aproximado de 2.000 kilómetros, o bien, que han reconvertido algún vehículo espacial en una especie de misil balístico”, señala en un correo Justin Bronk, investigador del RUSI. “Sospecho que la cantidad de misiles con este alcance que poseen los iraníes es muy pequeña, por lo que no creo que represente una amenaza militar particularmente grave”. Y no parece que las cancillerías europeas hayan puesto el grito en el cielo. “Hay un equilibrio que los iraníes intentan mantener”, prosigue Bronk, “por un lado, una advertencia tácita a las capitales europeas, del tipo: ‘Recuerden que también podríamos atacarlos, al menos en cierta medida, si se involucran’. Al mismo tiempo, creo que lo último que quiere el Gobierno iraní es que alguien más se una a las operaciones”.

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