Los siglos nunca duran cien años, y el XX no podría entenderse sin Cuba. En 1898, Estados Unidos demostró que ya sabía urdir coartadas bélicas y aprovechó el hundimiento del acorazado USS Maine para iniciar una guerra con España que pondría fin a nuestro imperio colonial. Desde entonces, la influencia de Washington sobre la isla se hizo constante a través de la Enmienda Platt. Luego vendría la revolución del 33, un breve periodo democrático de 12 años, la dictadura de Batista y, al fin, la revolución castrista, que implantaría una dictadura comunista que ha perdurado durante casi 70 años.
La retórica y los símbolos del castrismo son ecos de una centuria que ahora parece cerrarse definitivamente
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La retórica y los símbolos del castrismo son ecos de una centuria que ahora parece cerrarse definitivamente


Los siglos nunca duran cien años, y el XX no podría entenderse sin Cuba. En 1898, Estados Unidos demostró que ya sabía urdir coartadas bélicas y aprovechó el hundimiento del acorazado USS Maine para iniciar una guerra con España que pondría fin a nuestro imperio colonial. Desde entonces, la influencia de Washington sobre la isla se hizo constante a través de la Enmienda Platt. Luego vendría la revolución del 33, un breve periodo democrático de 12 años, la dictadura de Batista y, al fin, la revolución castrista, que implantaría una dictadura comunista que ha perdurado durante casi 70 años.
Ahora sabemos que el régimen y, lo más grave de todo, la población cubana agonizan. La pérdida de la cobertura energética que llegaba desde Venezuela y el furor belicista de Trump anuncian, puede que esta vez sí de forma irreversible, el final de algo que es más que un régimen totalitario. Porque Cuba fue, entre otras muchas cosas, un símbolo. Iconos tan poderosos como el Che Guevara o la oposición al imperialismo yanquihicieron que no pocas izquierdas acomodadas de Occidente contemporizaran con el castrismo, una dictadura tan execrable como cualquier otra.
La isla caribeña fue también una plaza extraordinariamente relevante en el marco de la Guerra Fría. Ahí están bahía de Cochinos o la crisis de los misiles. Si Hobsbawm tenía razón y el corto siglo XX terminó con la caída del muro de Berlín, Cuba sería algo así como un esqueje del pasado injertado en pleno siglo XXI. No solo sus viejos y destartalados chevys nos recuerdan un tiempo que pasó. La propia estructura política, la retórica y los símbolos del castrismo son ecos de un siglo que ahora parece cerrarse definitivamente. No olvidemos que Kissinger murió hace apenas tres años.
Pero aunque el tiempo pase y la historia avance, hay cosas que permanecen y parecen devolvernos a la casilla de salida. Todo apunta a que Donald Trump y Marco Rubio jugarán un papel decisivo en la manera en la que se cierren siete décadas de dictadura. Por desgracia, no parecen los agentes más seguros para construir una transición serena y respetuosa. Y España, como en tantas ocasiones desde hace más de 100 años, asistirá como espectadora al destino de una isla que sigue pesando, o debería pesar, por afecto e historia compartida, en nuestra memoria colectiva. La historia de Cuba vuelve a abrirse hacia un futuro incierto. Ojalá, esta vez, la isla pueda recorrerlo por sí misma, libre al fin de tutelas, mitologías y dictaduras.
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