¿Tregua? ¿Qué tregua?

Se nos pide llamar tregua a lo anunciado el 8 de abril entre Estados Unidos e Irán. Pero una tregua no es solo una pausa en los ataques entre dos actores. También exige un mínimo de definición compartida, voluntad de contención y algún horizonte político reconocible. Nada de eso está hoy garantizado. Lo que existe, en el mejor de los casos, es un paréntesis precario de dos semanas, con negociaciones previstas en Islamabad, cuyos términos siguen siendo discutidos incluso antes de empezar.

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 Ni Estados Unidos ni Irán han entrado todavía en una lógica de compromiso tras el anuncio de un alto el fuego. La negociación, por ahora, no busca acercar posiciones, sino imponerlas  

Se nos pide llamar tregua a lo anunciado el 8 de abril entre Estados Unidos e Irán. Pero una tregua no es solo una pausa en los ataques entre dos actores. También exige un mínimo de definición compartida, voluntad de contención y algún horizonte político reconocible. Nada de eso está hoy garantizado. Lo que existe, en el mejor de los casos, es un paréntesis precario de dos semanas, con negociaciones previstas en Islamabad, cuyos términos siguen siendo discutidos incluso antes de empezar.

Basta mirar cómo la presentan las partes. Washington no la presenta como el primer paso hacia una desescalada, sino como la consecuencia de su superioridad militar. Teherán, por su parte, tampoco habla en clave de concesión, sino de resistencia y de error de cálculo de sus adversarios. Cuando ambos bandos describen el alto el fuego como el resultado del fracaso del otro, no estamos ante una base de entendimiento, sino ante dos relatos incompatibles de victoria. Así es difícil construir una negociación seria.

La falta de voluntad negociadora también se ve en el contenido. El plan estadounidense exige que Irán ponga fin al enriquecimiento de uranio, elimine su programa de misiles y reduzca el apoyo a sus aliados regionales. Irán, en cambio, insiste en mantener su derecho al enriquecimiento y vincula cualquier avance a garantías de seguridad y a nuevas reglas sobre el paso por Ormuz. No se trata de diferencias menores. Son posiciones maximalistas que muestran que ninguna de las dos partes ha entrado todavía en una lógica de compromiso. La negociación, por ahora, no busca acercar posiciones, sino imponerlas.

Y luego está Israel, que ha dejado al descubierto la fragilidad, o directamente la ficción, del supuesto alto el fuego. Tras el anuncio, lanzó una de sus ofensivas más intensas sobre Beirut y otras zonas de Líbano, sosteniendo que Hezbolá no estaba cubierto por la tregua. Es decir, uno de los principales frentes conectados con la guerra sigue ardiendo, mientras uno de los socios fundamentales de Washington actúa como si nada esencial hubiera cambiado.

El problema no es solo que Israel siga bombardeando. El problema es que ni siquiera existe un consenso mínimo sobre qué cubre exactamente la tregua. Irán y Pakistán han insistido en que Líbano debía quedar incluido. Francia ha reclamado que un alto el fuego creíble debe abarcar también ese frente. Pero Estados Unidos e Israel sostienen lo contrario. Una tregua cuyos límites territoriales y políticos se discuten desde el primer día no es un mecanismo de estabilización. Es otro escenario de disputa.

Tampoco sobre el terreno se percibe una auténtica desescalada. Washington mantiene la amenaza de reanudar las operaciones si la diplomacia fracasa. Irán conserva una postura de vigilancia militar y sigue utilizando Ormuz como instrumento de presión. Es difícil hablar de tregua cuando la arquitectura material de la guerra, disuasión armada, coerción económica, amenazas cruzadas y capacidad inmediata de reanudación, permanece intacta. No estamos viendo el desmontaje del conflicto, sino su administración provisional.

Desde Europa existe la tentación de leer cualquier alto el fuego como una buena noticia. Pero confundir alivio temporal con proceso de paz es un error analítico y político. Esta tregua no ha nacido de un reconocimiento mutuo, ni de un marco claro, ni de una voluntad seria de negociación. Ha nacido del desgaste, del riesgo de una escalada mayor y de la necesidad táctica de recomponer posiciones sin renunciar a los objetivos fundamentales.

Por eso la pregunta correcta no es si la tregua aguantará dos semanas. La pregunta es si realmente existe una tregua. Y la respuesta, hoy, es incómoda pero evidente: no del todo. Lo que hay no es paz, ni siquiera un cese del fuego regional efectivo, sino una pausa armada entre actores que siguen interpretando la situación en clave de victoria propia, derrota ajena y libertad de acción militar. Llamarla tregua quizá sirva para ordenar titulares. Pero no describe con honestidad lo que está ocurriendo.

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