Si Rusia quiere invadir, Gotland está preparada

El sargento Björn Edvinger, de 33 años, conduce hasta la loma. La temperatura ronda los -4º, pero la humedad es alta y el frío atraviesa los huesos. El camión militar, provisto de ruedas todoterreno de envergadura, se enfanga entre la nieve y la tierra. Un instante después de hacer cumbre, rugen por uno de los costados cuatro tanques de un pelotón del regimiento P18 hacia una arboleda. Son los Stridsvagn 122, una versión mejorada de los Leopard alemanes. Primero el silbido de la munición, luego el estruendo. Los cañones disparan proyectiles del 25, un calibre menor utilizado en ejercicios como este. “Necesitamos poder levantarnos contra una amenaza extranjera llegado el momento”, explica junto a su blindado el recluta Gustav Arnström, de 19 años. Localización de las maniobras: costa occidental de la isla sueca de Gotland, en el mar Báltico. El objetivo es repeler una ofensiva aerotransportada. El enemigo en mente: Rusia.

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Soldados del regimiento sueco P18, tras unas maniobras militares en la isla de Gotland, el pasado lunes.Meit Fohlin, alcaldesa de la isla sueca de Gotland, en su despacho de Visby, el jueves.Ingegerd Gabrielsson, en su casa de Dalhem, en el centro de la isla sueca de Gotland, el miércoles.

Reportaje elaborado en el marco del proyecto ‘Europa Informada’, financiado por el Parlamento Europeo. La estratégica isla sueca del mar Báltico, a solo 275 kilómetros del territorio ruso de Kaliningrado, levanta una arquitectura de defensa total ante una posible agresión del Kremlin. La preparación de los civiles apuntala la presencia creciente de militares  

El sargento Björn Edvinger, de 33 años, conduce hasta la loma. La temperatura ronda los -4º, pero la humedad es alta y el frío atraviesa los huesos. El camión militar, provisto de ruedas todoterreno de envergadura, se enfanga entre la nieve y la tierra. Un instante después de hacer cumbre, rugen por uno de los costados cuatro tanques de un pelotón del regimiento P18 hacia una arboleda. Son los Stridsvagn 122, una versión mejorada de los Leopard alemanes. Primero el silbido de la munición, luego el estruendo. Los cañones disparan proyectiles del 25, un calibre menor utilizado en ejercicios como este. “Necesitamos poder levantarnos contra una amenaza extranjera llegado el momento”, explica junto a su blindado el recluta Gustav Arnström, de 19 años. Localización de las maniobras: costa occidental de la isla sueca de Gotland, en el mar Báltico. El objetivo es repeler una ofensiva aerotransportada. El enemigo en mente: Rusia.

Mapas de ubicación

Dicen por aquella tierra que los suecos, si bien son buenos construyendo cosas, también lo son, y con afán, desmontándolas. Así sucedió tras el fin de la Guerra Fría en esta isla, la mayor del Báltico, poblada por 61.000 habitantes. Décadas al borde del desastre nuclear habían movilizado a cerca de 25.000 soldados —en torno a 2.000 desplegados en el terreno— para proteger Gotland. Cayó el telón de acero y Suecia, como tantos aliados, creyó que la paz sería eterna y los ejércitos, más prescindibles. Tan solo un puñado de reservistas mantuvieron el sitio en esta isla del tamaño de la provincia de Álava, pero de una relevancia estratégica extraordinaria. “Quien posee Gotland puede dictar quién navega o vuela en la región báltica”, dice el coronel Dan Rasmussen, de 58 años, al frente del regimiento. El exclave ruso de Kaliningrado está a solo 275 kilómetros. Un tiro de piedra.

Fin del letargo

Fue precisamente Moscú y su campaña imperialista, desatada con ferocidad en la última década en Ucrania, la que hizo despertar a los suecos de un cierto letargo. Ya antes de la anexión ilegal de Crimea de 2014 y la primera invasión de la región oriental de Donbás, bombarderos rusos con capacidad nuclear habían sobrevolado Gotland en operaciones de simulacro, haciendo sonar las alarmas en Estocolmo. Las defensas habrían sido insuficientes en caso de ataque real. El pasado día 22, otros dos aviones despegaron desde el noroeste de Rusia, junto al golfo de Finlandia, para realizar un vuelo similar de unas cinco horas. Dos cazas suecos, encuadrados en la OTAN, de la que es parte Suecia desde marzo de 2024, salieron a escoltarlos de vuelta a su base.

El regimiento P18 crece en efectivos desde su reactivación hace casi ocho años. Mientras levanta barracones de diseño nórdico, aprovecha un hospedaje en medio del campo, al sur de Visby, la capital de Gotland. Suma ya casi 400 uniformados entre soldados profesionales y reclutas del servicio militar. El joven Emil Rid, de 20 años, es uno de ellos. Bajo la lona de camuflaje que cubre su tanque, entre árboles y arbustos, se expresa en un excelente inglés: “Tenemos que mostrar que podemos defendernos y no solo depender de la OTAN”. Suecia quiere contar en cuatro años con una brigada en la isla de unos 4.500 soldados. Para entonces tendrían que estar operativas las baterías antimisiles alemanas Iris-T, de recién adquisición y tan útiles para el ejército ucranio —la isla se protege ahora con sistemas de medio alcance de fabricación sueca—.

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Si el Kremlin tomase la isla, el impacto sería terrible para la OTAN, obstaculizando cualquier envío de refuerzos a los países bálticos vecinos (Estonia, Letonia y Lituania). Un informe de la inteligencia militar finlandesa publicado hace tan solo unos días afirmaba que “la situación de seguridad en la región del mar Báltico se ha deteriorado”. De nuevo, el Kremlin es el culpable. “Gotland es un punto de interés reconocido para Rusia, ya que ofrece una posición estratégica militar clave”, apunta en un mensaje la eurodiputada sueca Alice Teodorescu. “Si bien nuestra defensa se está reforzando actualmente —un avance muy positivo—, es necesario hacer más ante las amenazas que enfrentamos”, prosigue la europarlamentaria.

Un lago de la OTAN

Tras la adhesión de Suecia y Finlandia, muchos describen el Báltico como el lago de la Alianza Atlántica. Es una ruta comercial vital para Moscú, que envía sus barcos, muchos de la llamada flota fantasma, que navega de forma ilegal con hidrocarburos, para que bordeen Gotland tanto por el este como por el oeste. “Estos buques, envejecidos y a menudo mal regulados, aumentan el riesgo de accidentes, daños ambientales y amenazas híbridas”, cuenta en un correo Merja Kyllönen, diputada finlandesa en el Parlamento Europeo, institución que ha sufragado este reportaje. “Abordar este desafío requiere una mayor vigilancia marítima, el intercambio de información y una acción coordinada entre los socios bálticos y europeos”.

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Meit Fohlin, de 54 años, es la presidenta de la junta regional de Gotland, una suerte de alcaldesa de la isla en la que descansan los restos del cineasta Ingmar Bergman. Su despacho se encuentra en un edificio de ladrillo visto en el sur de Visby. Sabe que su tierra aparece marcada en rojo entre los lugares amenazados del país. Y sabe que solo el ejército no basta. Por eso, allí se habla de algo que en el sur de Europa es poco habitual: la defensa total, es decir, la que prestan las armas, sumada a la que disponen los civiles. “Tenemos que ser autosuficientes”, afirma Fohlin, “siempre hemos trabajado en eso, pero ahora tenemos el encargo a nivel estatal”. Un cometido especialmente claro para Estocolmo tras la invasión rusa de Ucrania.

Aislada

Gotland es una isla y depende, en gran medida, de recursos externos, además de las inclemencias del tiempo. Si hay un corte de electricidad, de las comunicaciones o los ferris no llegan a puerto con las provisiones, la situación se complica. “Mi mayor preocupación es que nos quedemos aislados”, prosigue la política del Partido Socialdemócrata de Suecia. Eso puede ocurrir por una invasión extranjera, de la que hablan más los uniformados que los de paisano, un sabotaje o un fallo técnico.

Frente a la sede municipal trabaja el director de Defensa Civil, Alf Söderman, de 57 años. Su discurso es ordenado. Fue militar y conoce a los soldados. Pone un ejemplo sencillo de algo que podría suceder: “Imagina que hay guerra, que el ejército pide utilizar todo el fuel que tenemos porque lo necesitan. Les puedes decir que sí, pero también están los agricultores, que sin gasolina no pueden trabajar y dar entonces de comer a los militares”. Con escenarios como este, con ensayos y entrenamiento, Söderman lidia para que el puntal civil de la defensa de Gotland esté dispuesto. “La sociedad tiene que ser robusta para gestionar catástrofes”, sostiene.

Hay tres periodos de esta preparación que Söderman tiene escritos en un papel: el primero es de una semana. Todo individuo debe contar con lo necesario (comida, agua, medicinas, energía…) para resistir durante siete días por sí mismo. En segundo lugar, cualquier infraestructura crítica (colegio, administración, hospital) debe ser autosuficiente por dos semanas. El tercer periodo afecta la Junta Administrativa de la región. Esta debe poder funcionar al menos 90 días si la isla queda aislada, sea por el motivo que sea.

A una veintena de kilómetros de Visby se levantan un puñado de casas junto a una estrecha carretera en el distrito de Dalhem. En una de estas viviendas de tejado a dos aguas vive Anelli Sandgren, de 57 años. Es agente de policía. Sandgren es risueña y solícita. Quizá por esto participa activamente en Stark socken (Pueblos fuertes), una iniciativa fundada por la especialista en emergencias Maja Allard y que ya alcanza a 42 de las 92 aldeas de Gotland, es decir, a más de 15.000 personas. Es el último eslabón de la defensa pasiva de la isla, el que une a vecinos entre sí para compartir recursos y parapetar sus hogares ante una crisis.

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Sandgren habla del “despertar de la gente”. “Creíamos que todo lo podía arreglar el Estado y no es así”. Dice que aguantaría una primera semana aislada junto a su marido, motero amante de las Harley-Davidson, residiendo en la salita principal, a la lumbre de una estufa de leña, con agua y comida suficiente en una gran despensa, medicinas para llenar un carro, y un sistema alternativo para las deposiciones. Su vecina Ingegerd Gabrielsson, de 77 años, de abuela nacida en Tarragona, superaría esa semana con creces a tenor de las provisiones del sótano. Leños para cocinar, decenas de baterías para la radio, un mueble lleno de botes de comida, sistema de refrigerado no eléctrico, un váter portátil. “Hay jóvenes incluso que no saben usar un baño fuera de casa”, dice Gabrielsson perpleja.

No les da reparo hablar de una posible invasión rusa, aunque admiten que a muchos vecinos, sí. “No tenemos miedo”, afirma Sandgren, “pero somos más conscientes de que puede pasar”.

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Reportaje elaborado en el marco del proyecto ‘Europa Informada’, financiado por el Parlamento Europeo.

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