Entre tropas del Kremlin y aroma soviético en Transnistria, la entelequia pro rusa de Moldavia

En el control de carretera instalado a la entrada de un puente, tropas rusas —la bandera de eses país luce incluso en la manga del uniforme— vigilan el paso de vehículos entre las ciudades de Bender y Tiráspol. El coche en el que viajan los reporteros avanza sin ser detenido a través de la región separatista de Transnistria, una república autoproclamada en territorio de Moldavia, en el margen izquierdo del río Dniéster y fronteriza con Ucrania. La enseña rusa aparece también sobre la estructura del citado viaducto, sobre edificios oficiales, en comercios y en los vehículos de algunos ciudadanos. La tutela del Kremlin está fuera de dudas.

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Estatua de Lenin en la avenida principal de Tiráspol.Calle de la ciudad de Bender, la segunda de Transnistria.Álbum con fotos de militares del Ejército Rojo de la URSS con imágenes de mediados del siglo XX hallado en un mercadillo de Tiráspol.Interior del restaurante CCCP en Tiráspol, que evoca el ambiente soviético.Las banderas, de izquierda a derecha, de Bender, Transnistria y Rusia ondean en el Ayuntamiento de Bender.Mercado de la ciudad de Bender.Restaurante CCCP en Tiráspol.Exterior del restaurante CCCP, que evoca los tiempos dela Unión Soviética, en Tiráspol. La región levantisca, bastión de Moscú en un Estado que camina hacia la UE, mantiene sus pasos fronterizos, sus Fuerzas de Seguridad, su Gobierno y su Justicia pese a que ningún país la reconoce  

En el control de carretera instalado a la entrada de un puente, tropas rusas –la bandera de eses país luce incluso en la manga del uniforme– vigilan el paso de vehículos entre las ciudades de Bender y Tiráspol. El coche en el que viajan los reporteros avanza sin ser detenido a través de la región separatista de Transnistria, una república autoproclamada en territorio de Moldavia, en el margen izquierdo del río Dniéster y fronteriza con Ucrania. La enseña rusa aparece también sobre la estructura del citado viaducto, sobre edificios oficiales, en comercios y en los vehículos de algunos ciudadanos. La tutela del Kremlin está fuera de dudas.

Más allá del aroma rancio a tiempo detenido y a decorado soviético, manchado por la circulación de modernos utilitarios en medio de trolebuses antediluvianos, la realidad es que esos símbolos tricolores de Moscú representan una verdadera lucha de poder sobre un territorio que, en teoría, está en proceso de formar parte de la Unión Europea.

Moldavia y Ucrania fueron aceptadas como candidatas en 2022, el año en que Rusia lanzó la gran ofensiva sobre su vecino. La entelequia estatal de Transnistria, junto a la región autónoma de Gagaúzia, suponen dos lastres en el proceso de integración de Moldavia.

El visitante accede al territorio teniendo que mostrar su pasaporte, como si estuviera cambiando de país. Controlan los documentos desde el interior de unas ventanillas agentes que no dependen de Chisinau, la capital moldava. Entregan al extranjero un papel que hace de visado con permiso para permanecer 24 horas. Un mapa de un operador turístico da la bienvenida: “Pridnestrovia –nombre otorgado por los locales al territorio– es el mejor país del mundo. Hacemos coñac, no la guerra!”, se lee en inglés. Pero los turistas, apenas un puñado, brillan por su ausencia.

En su despacho de Chisinau, Igor Dodon, líder del opositor Partido Socialista y defensor de los vínculos con el Kremlin, tiene claro que en Tiráspol no se tomarán decisiones que no estén monitorizadas por Moscú.

Mientras, la guerra en Ucrania ha tenido consecuencias directas sobre Transnistria, aparte de aniquilar el comercio fronterizo. Primero, para los soldados rusos -entre 1.000 y 3.000 según distintos cálculos- instalados en la región y que no pueden ser relevados. Segundo, para la inflada economía del territorio, se acabó el gas gratuito del gigante público ruso Gazprom tras el fin del contrato a finales de 2024 que permitía su traslado por territorio ucranio.

Las cosas entre Kiev y Moscú no están para exteder ese acuerdo y los habitantes pagaron el pato quedándose a menudo sin calefacción ni agua caliente en pleno invierno. Ese agujero energético es el ariete que más fuerte golpea en la peor crisis humanitaria que sufre el territorio en este siglo, según analistas del centro de estudios IDIS Viitorul.

Las diferencias económicas son no solo demoledoras sino cada vez mayores entre Transnistria y el resto de Moldavia, según un informe de ese centro del pasado enero con datos de 2025. La inflación promedio del 7% por ciento en el país salta al 14,7% en la región; el PIB decrece un 2,7% frente a una caída del 18% en el territorio irredento; los salarios mensuales medios rondan los 15.700 lei moldavos (790 euros) en Moldavia, el doble que en Transnistria. La dinámica de las pensiones sigue un patrón similar, aumentando hasta alrededor de 4.200 lei (210 euros) en la propia Moldavia mientras que disminuye a aproximadamente 1.900 lei (95 euros) en Transnistria. La industria, muy dependiente del gas ruso, ha sufrido una caída del 30% en un año, según el mismo análisis.

En el mercado central de Bender, Tamara (no es su nombre real), una vendedora de 58 años y cuatro nietas, lamenta tener que seguir trabajando pese a estar jubilada y ser pensionista, por lo que recibe el equivalente a 50 euros al mes. “Son los de arriba los que deciden, no nosotros. Estamos sufriendo, pero no les importamos. Deberíamos ir al médico, necesitamos comprar medicamentos, necesitamos comer, ayudar a hijos y nietos, pero no podemos”, comenta sin concretar más sus acusaciones.

Fuera del mercado, suenan cuatro veces las campanas de la iglesia ortodoxa para anunciar que con cuatro los bebés nacidos ese día en la ciudad. Tanto en el mercado de Bender como en el de Tiráspol abunda la fruta y la verdura en unos puestos colmados de género, aunque las trabajadoras se quejan de la falta de clientes y de la estrecha vida que llevan. No hablan de Moscú, ni de Bruselas ni, en general, de asuntos que no les golpeen a diario de cerca.

Como consecuencia de la crisis que hiere la economía de Transnistria, la reintegración con el resto del país va avanzando, aunque sea por la fuerza de los hechos. Pero Nicoleta Hriplivii, del centro de análisis Promolex de Chisinau, enfocado en la región levantisca, cree que el gobierno “desafortunadamente” no dispone de un plan para avanzar en esa reintegración. Mientras, añade, Promolex seguirá funcionando como “un puente” entre las poblaciones de uno y otro lado del Dniéster.

El Parlamento Europeo, en su último informe sobre Moldavia, de hace un año, saluda que el “aumento significativo del comercio de la región de Transnistria con el resto de Moldavia y su dependencia de las exportaciones a la UE podrían propiciar las condiciones para la convergencia” de ese territorio con Chisinau. Esa reintegración, añade, “podría servir de base pragmática para una solución política pacífica y la eventual reunificación del país” y allanar su camino hacia la UE.

Tras el fin de la URSS en 1991, Moldavia es declarado Estado independiente, pero la guerra estalla en Transnistria impulsada por el ansia independentista al año siguiente. Los impactos de las balas y otros proyectiles de aquellos días lucen todavía en el edificio del Ayuntamiento de Bender.

“La situación en Transnistria es la peor desde 1992, ya que se ve afectada por una grave crisis económica y energética crónica. Por ello, muchas personas se ven obligadas a acudir a la margen derecha (del Dniéster) para acceder a servicios públicos nacionales —como los de salud, educación y protección social— y también para buscar empleo en esta zona”, describe Mihaela Serpi, especialista en derechos humanos de Promolex. “Obviamente, todo esto también contribuirá al proceso de reintegración”, vaticina ella con la vista puesta en el futuro.

El horizonte está colocado también en el futuro del emporio Sheriff, del magnate local Viktor Gushan, que acapara supermercados, gasolineras, constructoras o bancos. La estrella de su logotipo, que rememora a la autoridad de las películas del Oeste, es fácilmente reconocible en Transnistria.

Gushan es propietario hasta del laureado equipo de fútbol de Tiráspol –al que no le queda otra que jugar en la liga moldava– llamado también Sheriff. Este club escribió el mejor capítulo de su historia cuando venció al Real Madrid en el Santiago Bernabéu en 2021 en partido de Champions League. Los vídeos de los dos goles permanecen en los móviles locales como recuerdo de aquella gesta.

Bajo la coyuntura actual, la encorsetada economía de la región separatista se ha visto obligada a pasar por Chisinau y tiene ahora en Europa su principal mercado. A su vez, la población local, que dispone de un pasaporte de Pridnestrovia con el que apenas pueden ir más allá de las citadas ventanillas de la falsa frontera, demandan cada vez más el pasaporte moldavo, que ofrece libre paso a la UE.

Vlad (prefiere que no se publique su nombre real), un comerciante de 30 años, recibe su mercancía procedente de Asia tras pasar por la aduana de Chisinau. “Yo me quedaría así”, responde a la pregunta de si tira más para Moscú o más para Bruselas. “Algo parecido a Azerbaiyán”, agrega refiriéndose al equilibrio estratégico de ese país.

Ante los ojos del visitante, se suceden los cuarteles. En uno de ellos, con barracones de techos ondulados, los carteles en amarillo sobre la tapia encalada advierten, por su puesto, en ruso: “Instalación del Ministerio de Defensa de la Federación Rusa. Prohibido el paso”. El Parlamento Europeo reclama también en su informe la salida de las tropas y el armamento ruso –disponen de toneladas en un arsenal– de territorio Moldavo así como el respeto de la integridad territorial del país candidato de unirse a los 27 y sus fronteras.

Mientras, la paradoja rodea el reconocimiento de Transnistria como país, pues no se lo concede ningún país del mundo, ni siquiera la propia Rusia. Esa opción es la que eligieron sus ciudadanos de manera mayoritaria –un 97% anunciaron las autoridades– en una consulta también sin marchamo legal en 2006.

Las tazas en forma de suvenir alternan, entre otros motivos, el rostro del dictador soviético Iósif Stalin, con el de Vladímir Putin, presidente ruso. En el puesto de un mercado, entre muchos otros efectos rusos y soviéticos, aparece a la venta un parche con la letra “Z”, símbolo de las tropas del Kremlin en su invasión de Ucrania.

El ruso es también la lengua imperante en la anomalía geográfica e institucional que representa Transnistria con su propio Parlamento, Justicia y Fuerzas de Seguridad. Las autoridades de la región y las de Chisinau investigaron por caminos diferentes en 2023 el asesinato del principal líder de la oposición a las autoridades pro rusas que detentan el poder en Tiráspol, Oleg Horzhan. Las conclusiones fueron también muy diferentes. Unos hablaban de arma de arma blanca. Otros, de arma de fuego.

Pero en medio del vacío que supone no ser reconocido como Estado, se ha instalado una especie de broma oficial con la que admiten el peso de esa realidad y que se refleja incluso en los imanes que se venden en las tiendas de recuerdos: “He estado en un país que no existe”, con la bandera local de fondo, que mantiene la hoz y el martillo en amarillo sobre rojo.

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