En la mañana del 25 de agosto de 2025, el ejército israelí disparó sin previo aviso dos proyectiles de tanque contra el hospital Nasser, el único operativo del sur de Gaza. El objetivo era el alto de una escalera exterior que los periodistas de la Franja utilizaban habitualmente, con conocimiento de las Fuerzas Armadas, para captar imágenes y retransmitir en directo. Casi diez minutos más tarde, cuando los sanitarios habían acudido a atender a los heridos y más periodistas se acercaban a cubrir la noticia, las tropas lanzaron otros dos proyectiles simultáneos, en una táctica conocida como double-tap (doble golpe) que suele cebarse con los civiles.
Un soldado con conocimiento directo del bombardeo que mató a cinco periodistas palestinos en 2025 explica cómo el ejército ve las grabaciones como “una amenaza táctica inmediata”
En la mañana del 25 de agosto de 2025, el ejército israelí disparó sin previo aviso dos proyectiles de tanque contra el hospital Nasser, el único operativo del sur de Gaza. El objetivo era el alto de una escalera exterior que los periodistas de la Franja utilizaban habitualmente, con conocimiento de las Fuerzas Armadas, para captar imágenes y retransmitir en directo. Casi diez minutos más tarde, cuando los sanitarios habían acudido a atender a los heridos y más periodistas se acercaban a cubrir la noticia, las tropas lanzaron otros dos proyectiles simultáneos, en una táctica conocida como double-tap (doble golpe)que suele cebarse con los civiles.
El cuádruple ataque se cobró 22 vidas, entre rescatistas, familiares de pacientes del hospital y cinco periodistas: Hussam al Masri y Moaz Abu Taha, camarógrafos de Reuters y Al Jazeera, respectivamente; Mariam Dagga, colaboradora de la agencia de noticias Associated Press; Moaz Abu Taha; fotógrafo freelance para Reuters, y Ahmed Abu Aziz, corresponsal de los medios Middle East Eye y Quds.
El ejército israelí aseguró que había identificado la cámara de Al Masri como “una cámara de Hamás”, sin aclarar por qué abrió fuego de nuevo pocos minutos más tarde y empleó una munición tan explosiva. También vinculó al movimiento islamista a varios de los periodistas, en un proceso que consiste en presentarlos una vez muertos como objetivo legítimo, difundiendo información de inteligencia —a menudo sin pruebas o circunstancial— que los vincule con Hamás. Ante la sucesión de críticas internacionales, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, acabó lamentando “profundamente” el “trágico percance”.

Un año más tarde, un soldado israelí con conocimiento directo de aquella matanza explica que su ejército “identifica las cámaras como una amenaza táctica inmediata” porque una transmisión en directo puede revelar “cuántos soldados hay, dónde están ubicados y con qué armamento”, una información que nunca especifica porque los milicianos palestinos pueden usarla para atacarlos. “No tengo claro si los soldados en el terreno distinguen entre la cámara de un periodista y una cámara que ayuda a Hamás. Para ellos, todas las cámaras ayudan a Hamás”, señala.
El soldado habla bajo condición de estricto anonimato, en un testimonio facilitado por Shovrim Shtiká, la ONG israelí de exsoldados —más conocida internacionalmente por su nombre en inglés Breaking the Silence (Rompiendo el silencio)— que da voz a quienes deciden denuncian los abusos que cometieron o presenciaron de uniforme en los territorios ocupados. Corre un peligro real. No solo porque su acción está penada con la cárcel, sino por el estigma de traición que acarrea en una sociedad que, desde el ataque de Hamás en octubre de 2023, cierra aún más filas sobre lo que sucede en el campo de batalla.
En el caso del hospital Nasser, ubicado en Jan Yunis, la famosa brigada de infantería que efectuó el bombardeo, Golani, identificó la cámara como una amenaza, citando un comportamiento sospechoso, que consistía en cubrirla con un trozo de tela blanco. Lo solía hacer Al Masri para protegerla del polvo y del potente sol del verano. “Para justificar la misión de inutilizarla, Golani la elevó en la cadena de mando como una amenaza táctica. Así la llamaban: ‘cámara de Hamás’. Desde su perspectiva, es la cámara de Hamás porque Hamás puede ver cualquier cosa allí”, añade el militar.
“Mi interpretación de cómo los soldados perciben las cámaras y los medios de comunicación en general es que son cómplices de Hamás. Colaboran con Hamás porque, esencialmente, cuando transmiten información o critican a Israel, fortalecen a Hamás. Así, cuando ven a un periodista, ven a un agente hostil. No importa si en la cámara pone ‘Hamás’ o ‘Prensa’. Para ellos, es una cámara que apoya a Hamás”, agrega.

El plan inicial en el bombardeo al hospital era emplear una munición más precisa, a través de drones, pero un problema lo impidió. En vez de esperar, se optó por disparos de artillería, desde unos tanques situados a menos de tres kilómetros del objetivo, según los cálculos efectuados por expertos militares.
Al día siguiente, el ejército emitió los resultados de su investigación preliminar. Hablaba de “agujeros” que investigaría, pero enfatizaba la “extensa y encubierta recopilación de inteligencia visual que efectúa el enemigo” y presentaba de nuevo el hospital (como otros que hoy no existen ya) como una posición desde la que Hamás “lleva a cabo actividades terroristas contra las tropas”, algo que no ha confirmado ninguna agencia de la ONU u ONG internacional con presencia en el terreno. Además, señalaba como “terroristas” a seis de los muertos.
Es la misma brigada, Golani, que participó unos meses antes en la masacre de 15 miembros de los servicios de emergencia en el sur de Gaza. Algunos, con signos de ejecución. Los soldados enterraron varios de los vehículos que atacaron para intentar ocultar las pruebas. Es uno de los dos casos en los que el ejército israelí abrirá investigaciones penales internas, junto con el de la niña palestina Hind Rajab, acribillada a disparos mientras rogaba ayuda junto a los cadáveres de sus familiares, en enero de 2024, según anunció la pasada semana.
En estos casi tres años de guerra, Israel ha matado a más de 200 periodistas palestinos, según el cálculo más conservador, el del Comité para la Protección de los Periodistas. En algunos casos, admitiendo que eran el objetivo. Israel lleva dos años (2024 y 2025) siendo responsable de dos tercios de las muertes de periodistas que se producen en todo el mundo, según el Comité, con sede en Nueva York. De 86, el año pasado, muy por encima del segundo país, Sudán, con nueve.
Mientras, impide el acceso libre a Gaza a los periodistas que se encuentran fuera, en un veto con escasos precedentes sobre el que su Tribunal Supremo aún no se ha pronunciado. Lleva dos años concediendo prórrogas al Estado para presentar su posición en el caso iniciado por la Asociación de la Prensa Extranjera.

En 2025, el medio israelí Sijá Mekomit y su versión en inglés +972 desvelaron que el ejército israelí creó una “Célula de Legitimación”, a raíz del ataque de Hamás, que se encarga de recopilar información de inteligencia en Gaza para mejorar la imagen de Israel en los medios internacionales. Entre sus tareas está identificar qué periodistas palestinos podían ser presentados como agentes encubiertos de Hamás, sobre todo cuando arreciaban las críticas hacia Israel por su brutal invasión, que ha dejado más de 73.000 muertos, 174.000 heridos y un paisaje lunar de ruinas cuya visión hace sentir “bien” y es “fruto de una política deliberada”, como declaró la semana pasada el ministro de Defensa, Israel Katz, porque, al visitar la parte (más de la mitad) de la Franja controlada por las tropas.
El esfuerzo por rastrear justificaciones ha llevado a atribuciones forzadas y erróneas, según esa información. El ejército presentó un documento como hallado en un ordenador de Hamás para señalar al periodista de Al Jazeera Ismail al Ghul (asesinado en un bombardeo israelí junto con su cámara Rami al Rifi) como miembro del brazo armado de Hamás. Pero, según el documento difundido, habría recibido su graduación militar en 2007, cuando tenía diez años.
Estos supuestos vínculos con Hamás se establecen, en ocasiones, de forma retroactiva, una vez abierta la polémica. Lo reconoce implícitamente una fuente del ejército israelí, al señalar que se efectúan “en su mayor parte” antes del bombardeo. “No atacamos a los periodistas por ser periodistas”, sino cuando existen “pruebas que los vinculan a actividades terroristas”, subraya la fuente, que no respondió a las preguntas sobre la existencia de la “Célula de Legitimación”.
El director ejecutivo de Shovrim Shtiká, Nadav Weiman, asegura que el ejército combina sus “temerarias reglas para abrir fuego” y sus “procedimientos de facto de incriminación retroactiva” como “justificación casi automática para cada bala, proyectil o misil disparado, y como una herramienta para evitar realizar auténticas investigaciones”. El ataque en el hospital Naser “deriva de estas políticas”, que son “la base de la forma en la que elige combatir en Gaza”, pese a los “intentos de presentarlos como un incidente aislado o como una conducta que no se ajusta al protocolo”.
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